(OPINIÓN) Ministro de Vivienda hay que ser y parecer
Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista
Los momentos de fractura colectiva, como el devastador terremoto del pasado 10 de agosto, no solo ponen a prueba las estructuras de concreto de un país, sino también el templo de sus instituciones y la inteligencia emocional de la sociedad. Apenas en sus primeros días de gestión, el nuevo gobierno del presidente Abelardo de la Espriella ha tenido que encarar una catástrofe que dejó al descubierto la fragilidad de nuestra infraestructura y, al mismo tiempo, la incipiente capacidad de los liderazgos para gestionar la crisis sin extraviarse en el intento.
Para gobernar no basta con ejercer un nombramiento formal; es indispensable encarnar la investidura con un sentido de oportunidad que comunique solidez, sensibilidad y contención cuando el entorno literalmente se viene abajo.
Gobernar es un ejercicio donde ser y parecer se vuelve una misma exigencia moral, en especial cuando se asume una responsabilidad de poder con apenas días en el despacho. Por ello, provocó profunda perplejidad el desplazamiento a Santa Marta del ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán, en plena emergencia nacional. Si bien el funcionario publicó un video argumentando que se trataba de un tiempo en familia sin descuidar sus obligaciones, la decisión denota una preocupante desconexión con el momento histórico. Es incuestionable que todo ser humano tiene derecho al descanso; sin embargo, con un país entre escombros y miles de familias clamando por un techo, ausentarse del epicentro del dolor fue una concesión innecesaria a la crítica y una señal de desatención frente a una ciudadanía que esperaba liderazgo en el terreno.
La memoria pública tiene la persistencia de un espejo implacable, y el tiempo se encarga de confrontarnos con nuestras propias palabras. Resulta paradójico recordar que, en enero de 2021, el propio Beltrán cuestionó severamente en la red social X al entonces alcalde de Bucaramanga por tomarse un receso en medio de la pandemia, advirtiéndole que el compromiso asumido con una ciudad jamás podría irse de vacaciones. Aquella exigencia de entrega absoluta que el hoy ministro exaltaba en el pasado se volvió contra él como un boomerang ético. La incoherencia no solo desgasta la credibilidad personal, sino que debilita la autoridad moral de quien debe conducir las políticas públicas de reconstrucción.
Esta encrucijada nos invita a una profunda introspección sobre la ligereza con la que juzgamos cuando estamos del lado del espectador. Es fácil señalar la falta de empatía o la rigidez ajena hasta que la vida nos sitúa en la posición de quien debe tomar decisiones bajo presión. La coherencia no es un adorno del discurso, sino la columna vertebral de la función pública; cuando señalamos con vehemencia el actuar de otros, deberíamos recordar que la historia tarde o temprano nos pondrá a prueba en el mismo terreno. El malestar ciudadano que provocó esta actuación no fue un ataque antojadizo, sino el reflejo de la molestia social ante la doble vara con la que a menudo se mide el deber.
En esa misma línea de exposición pública, la presencia del presidente Abelardo de la Espriella el domingo 16 de agosto en Buenaventura dejó una estampa que sintetiza los dilemas de la comunicación gubernamental en medio del desastre. La entrega de balones de fútbol a niños en una zona golpeada por el colapso de viviendas y la interrupción de servicios básicos generó un inmediato debate sobre la prioridad de los gestos presidenciales. El acto en sí no carece de valor humano; los niños y adolescentes atrapados en una tragedia tienen pleno derecho al juego y a la contención emocional como mecanismos para sobrellevar la desolación. Sin embargo, la forma en que se transmite la empatía resulta tan crucial como la intención misma.
El análisis de la imagen del poder sugiere que ciertos gestos simbólicos ganan valor cuando se delegan de manera estratégica. La entrega del material recreativo bien pudo ser canalizada a través de la primera dama, sus hijos o funcionarios del sector social, permitiendo que la figura presidencial mantuviera una postura de estricta firmeza institucional en la atención de las necesidades básicas. En comunidades vulnerables que enfrentan el desabastecimiento de agua y el daño de sus hogares, la presencia de la máxima autoridad debe irradiar capacidad de gestión, rigor técnico y soluciones concretas, asegurando que la compasión no eclipsará el verdadero alcance de la respuesta estatal.
Nos queda como sociedad la urgencia de cuestionar con rigor lo que pensamos, hablamos y exigimos de nuestros líderes, pero también la forma en que nosotros mismos habitamos nuestras palabras. La tragedia del terremoto, con su trágico saldo en el Eje Cafetero, el Valle del Cauca y el Pacífico colombiano, exige una dirigencia capaz de alinearse con el sufrimiento colectivo sin margen para la improvisación ni el cálculo personal. Aprender a ser y parecer no es una lección de mercado político, sino un acto de respeto hacia un país que, en medio de las ruinas, busca desesperadamente referentes de coherencia, dignidad y verdadero sentido del servicio.
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