(OPINIÓN) Medellín entre la limpieza y la asfixia
Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista
Caminar por Medellín hace más de 10 años solía ser un plan de contemplación, un recorrido amable entre la primavera eterna y el orgullo de pertenecer a una tacita de plata. Sin embargo, en unos recientes días de vacaciones decidí trazarme una agenda diaria para recorrerla a pie. La sorpresa no fue el paisaje, sino la asfixia. Cruzar los puentes que conectan el oriente con el occidente —como los de la avenida Colombia, San Juan, la 33 o la glorieta de la Alpujarra— se convirtió en un ejercicio de resistencia pulmonar. Es indignante que transitar por nuestra propia infraestructura exija el acto humillante de contener la respiración.
¿Por qué aguantar el aire hasta el límite del desespero? Porque en esos tramos, la ciudad te golpea el rostro con un olor nauseabundo que mezcla excrementos humanos, marihuana y el humo rancio del caucho quemado. No hay opción de oler otra cosa. Bajo la línea B del Metro a lo largo de la emblemática carrera 70, la atmósfera se satura de una decadencia que no podemos seguir normalizando. Nos estamos acostumbrando a mirar hacia el suelo para esquivar la miseria, a taparnos la nariz y a acelerar el paso en lugares que nos pertenecen a todos.
Es justo reconocer que bajo la actual administración de Fico Gutiérrez se nota un esfuerzo por el aseo y el ornato; las cuadrillas limpian, áridas y lavan de forma constante. Pero seamos sinceros: la escoba se queda corta ante una realidad desbordada. De nada sirve que las entidades de aseo dejen impecable un andén a las seis de la mañana, si dos horas después el espacio es reclamado por las dinámicas del abandono institucional. Limpiar el síntoma no cura la enfermedad, y Medellín está mostrando síntomas de una crisis social profunda que ya no se puede ocultar debajo de la alfombra.
El fondo del asunto es humano y estructural: la ciudad alberga hoy a más de 8.000 personas en situación de calle. Estamos hablando de miles de seres humanos haciendo sus necesidades en cualquier rincón, consumiendo alucinógenos a plena luz del día y quemando materiales tóxicos en un espacio público sin Dios ni Ley. A esto se le suma la falta de cultura ciudadana de los peatones que consumen marihuana en áreas comunes, deteriorando aún más la convivencia. Hay zonas en la ciudad se han vuelto intransitables, atrapadas entre aceras destruidas, basuras acumuladas y una proliferación de marginalidad ante la que las autoridades parecen atadas de manos.
Limpiar el síntoma no cura la enfermedad, y Medellín está mostrando síntomas de una crisis social profunda que ya no se puede ocultar debajo de la alfombra.
Da miedo —y dolor— admite que esta descripción ni siquiera incluye el Centro o las inmediaciones del río Medellín, sectores que preferí evitar porque al panorama olfativo y sanitario se le suma el factor de la inseguridad latente. No podemos permitir que el miedo y el asco nos arrebaten el territorio. Es inaceptable que la ciudadanía deba ceder los puentes, los parques y las avenidas a la anarquía urbana. El rechazo a esta situación debe ser colectivo; no es un asunto de clasismo, es un reclamo legítimo por la dignidad del espacio público y la calidad de vida de todos.
Por lo tanto, el llamado a la acción tiene que ser contundente. Por un lado, el Estado local debe entender que su rol no es solo recoger basura todos los días, sino diseñar una política pública integral que impacte de verdad el fenómeno del habitante de calle, ofreciendo rehabilitación real, control del microtráfico y rigurosidad en la autoridad. Las intervenciones deben ser de fondo, multisectoriales y sostenibles en el tiempo, articulando la salud pública con la seguridad urbana para frenar un crecimiento que parece no tener techo.
Por otro lado, la solución también nos toca a nosotros como sociedad. Existe una alcahuetería ciudadana que insiste en financiar la mendicidad bajo una falsa premisa de caridad, entregando monedas que terminan convertidas en la dosis mínima que perpetúa el ciclo en el andén. Romper este círculo requiere pedagogía y coraje. Medellín necesita recuperar su norte, exigir orden y devolverles la dignidad a sus calles. No podemos dejar que el olor a progreso de nuestra ciudad sea reemplazado, definitivamente, por el hedor del abandono.
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