Opinión

(OPINIÓN) Cuando el deseo de cambio se convierte en autoengaño

Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista

Existe una neurosis profunda y contradictoria en la conducta humana contemporánea: la vehemente exigencia de un giro en el destino mientras se permanece atrincherado en las mismas prácticas que causaron el naufragio. Rogamos por alivio, clamamos al cielo, a la fortuna o al gobierno por una transformación radical de nuestras circunstancias, pero, en el plano de lo real, seguimos abrazando con un celo inexplicable aquello que nos rompe. Esperamos que una fuerza externa desate los nudos que nosotros mismos nos esmeramos en ajustar cada mañana, confundiendo la fe con la comodidad y la esperanza con un flagrante autoengaño.

No hay misticismo, bendición ni azar posible que prospere sobre el terreno de la complacencia con el propio sufrimiento. Pretender una vida renovada manteniendo intactos los mismos hábitos destructivos, frecuentando a las mismas personas nocivas y encubriendo la falta de voluntad bajo el manto de las excusas cotidianas, es una flagrante contradicción. El verdadero cambio no se inaugura cuando el entorno decide mágicamente transformarse, sino en el instante preciso en que el individuo asume la incómoda pero liberada decisión de soltar lo que le resta peso, paz y dignidad.

Los ejemplos de esta parálisis abundan en la cotidianidad y nos interpelan de forma directa en el espejo del día a día. Pensemos en quien se lamenta a diario de su agotamiento y de su precaria salud, pero se niega rotundamente a modificar una dieta nociva; o en aquel que padece el calvario de una relación afectiva marchita, pero justifica su permanencia argumentando el miedo a la soledad. Es la clásica escena del profesional que maldice su empleo actual aduciendo que apaga su talento, pero jamás redacta una nueva hoja de vida ni se arriesga a postularse a una alternativa. Vivimos atrapados en el lamento, romantizando el mal conocido por encima de la incertidumbre que acompaña a la verdadera libertad.

Soltar, desde luego, duele de manera profunda. Implica atravesar un duelo inevitable, dejar ir versiones de nosotros mismos que, aunque disfuncionales, nos resultan familiares y seguras. Desprenderse de dinámicas nocivas requiere una renuncia expresa que golpee directamente el orgullo y la zona de confort. Sin embargo, corresponde aquí formularnos una pregunta cuyas conclusiones cada quien debe extraer en su intimidad: ¿no resulta infinitamente más doloroso y trágico perpetuar una existencia gris, sabiendo con absoluta certeza que estamos llamados a habitar una realidad mucho más plena, auténtica y brillante?

A veces no se necesita más oración, ni más discursos, ni más lamentos; lo que se requiere con urgencia es una dosis elemental de determinación y elecciones contundentes. La parálisis que observamos en la esfera privada no es más que el reflejo de un síntoma colectivo: nos hemos convertido en una sociedad experta en delegar la responsabilidad de nuestro bienestar en terceros, esperando que el milagro de la transformación provenga de una estructura ajena. Hay puertas que la vida, el destino o Dios no van a cerrar por nosotros; se nos ha otorgado la fuerza interna para cerrarlas con nuestras propias manos.

Carecer de la valentía para renunciar a lo que nos hunde nos impide sostener las oportunidades reales de evolución que se nos presentan. Hasta que no vaciemos las manos de los viejos rencores, los miedos heredados y las dinámicas de autosabotaje, no tendremos el espacio físico ni mental para sostener los proyectos y realidades que están listos para nosotros. El cambio no es un evento fortuito que se espera sentado; es un acto de soberanía personal que exige pagar el precio de la renuncia.

Este análisis adquiere una relevancia crítica cuando trasladamos la mirada de lo individual a lo colectivo, especialmente de cara al panorama que guarda a Colombia a partir del próximo 31 de mayo, el día inmediatamente posterior a las trascendentales elecciones presidenciales.

El país entero ha vibrado bajo una consigna unánime de cambio, una exigencia ferviente de transformación social, política e institucional. No obstante, el verdadero desafío democrático no concluye en las urnas; empieza el día después. Si el ciudadano común pretende un nuevo rumbo para la nación, pero mantiene intactas las prácticas del clientelismo, la intolerancia en el debate cotidiano, la indiferencia ante las necesidades del vecino y la lógica del beneficio personal inmediato, el resultado no será una evolución, sino un relevo de frustraciones.

El cambio de Colombia post-31 de mayo no dependerá de la firma de un decreto presidencial, sino de la capacidad colectiva de soltar los viejos hábitos que nos han desangrado, asumiendo que un mejor país solo es posible si dejamos de abrazar, en el día a día, las conductas que por décadas nos han roto.

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