Opinión

(OPINIÓN) El arte de soltar las expectativas en el fútbol y en la vida

Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista

Por estos días, los colombianos tenemos los ojos fijos, el corazón inflado de esperanza y el alma volcada en la Selección Colombia. El regreso de la tricolor a una cita mundialista, después de ocho largos años de ausencia, ha encendido una fiesta que trasciende fronteras. La gran mayoría de nosotros ponemos todo nuestro entusiasmo y energía en que el equipo brille en este gran espectáculo del fútbol mundial que, con un formato renovado que reúne a más equipos y se juega en tres países anfitriones, promete ser histórico. Sin embargo, en medio del júbilo, surge una delgada línea entre el apoyo incondicional y la exigencia desmedida.

Es aquí donde quiero invitar a la reflexión a ese lector que hoy decreta, casi como una obligación, que la selección tiene que ser campeona del mundo. Por supuesto que ver a nuestro país levantar la copa sería un sueño hermoso e histórico; nadie lo niega. No obstante, cuando depositamos la responsabilidad de nuestra felicidad en el hombro de los demás, el resultado suele ser una receta perfecta para la desilusión, la frustración y la desesperación. Vivir amarrados a un resultado idealizado no hace más que bloquear nuestra capacidad de disfrutar del presente, nublando la belleza de lo que está ocurriendo justo ahora.

Las emociones están para sentirlas, vivirlas e incluso padecerlas, pero también se pueden aprender a gestionar. Las expectativas son estrictamente individuales y personales. Resulta un profundo irrespeto obligar a otros a cargar con los anhelos propios, especialmente cuando no tenemos el control sobre las variables del entorno. En el caso de la tricolor, hablamos de 26 jugadores que representan a una nación entera. Si bien existe un propósito colectivo innegable, cada uno de ellos es un universo único cuyo interés individual o momento personal puede diferir, influyendo de manera directa en el engranaje del trabajo en equipo.

Este fenómeno deportivo no es más que un espejo amplificado de lo que nos ocurre en la vida cotidiana. Cuántas veces, por ejemplo, los padres proyectan en sus hijos frustraciones del pasado, obligándolos a estudiar carreras que no aman o a cumplir sueños frustrados solo por complacer y por culpa. Lo mismo ocurre en las relaciones de pareja, donde saboteamos el amor al exigirle al otro que adivina nuestras necesidades y actúe bajo un guion que solo está en nuestra cabeza. O en las amistades y familias, cuando nos resentimos porque un hermano o un amigo cercano no reacciona ante una crisis exactamente de la forma en que nosotros lo habríamos hecho.

El verdadero sufrimiento no nace de la realidad, sino de la distancia que existe entre lo que pasa y lo que nosotros esperábamos que pasara.

Al final del día, la vida tiene una exactitud asombrosa y funciona mucho mejor cuando se le permite fluir. Cuando soltamos el deseo obsesivo de controlar el destino de los demás, nos liberamos de una carga invisible y dejamos espacio para la sorpresa y el agradecimiento. La magia de la existencia radica en aceptar que cada persona —ya sea tu hijo, tu pareja o el delantero de la selección— está viviendo su propio proceso, con sus propias herramientas, virtudes y limitaciones.

Por eso, mi invitación por estos días, especialmente para los hinchas más afiebrados de la selección, es a vivir este mundial día tras día, un juego a la vez. No le pongamos el peso de nuestras expectativas a futbolistas que, con total certeza, se mueven bajo una realidad interna muy distinta a la nuestra. Ellos conocen desde adentro sus verdaderas condiciones, sus talentos y esas debilidades silenciosas con las que deben lidiar para poder avanzar en una competencia tan exigente.

Disfrutemos del viaje sin hipotecar la paz mental al resultado final. Permitámonos vibrar con la música del himno, sufrir con un balón en el palo y celebrar cada gol con el alma, pero regresamos a la fluidez de lo cotidiano sabiendo que la vida es exacta, perfecta en sus tiempos, y que la única felicidad real es aquella que no depende de que los demás cumplan nuestros propios libretos.

También puede leer:

Articulos Relacionados

Back to top button