Opinión

(Opinión) Contraste de las urnas: emoción de mercado vs. control territorial

Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista

El reciente certamen electoral en Colombia ha dejado una lección impecable sobre las dos formas diametralmente opuestas de hacer política en la modernidad. Por un lado, presenciamos el fenómeno de Abelardo de la Espriella, cuya campaña se consagró como un caso de estudio en marketing político de alta fidelización. Por el otro, la candidatura de Iván Cepeda personificó la rigidez de la política tradicional de izquierda: una propuesta programática sólida e ideológicamente madura, pero incapaz de sintonizar de manera orgánica con las fibras emocionales del electorado contemporáneo. Esta asimetría terminó por definir un resultado donde la espectacularidad de los contenidos venció a la sobriedad del discurso.

La campaña de De la Espriella se impuso no por una superioridad doctrinal, sino por su asombrosa capacidad para decodificar los insights —esos deseos y verdades ocultas— del ciudadano común. Su estrategia no buscó convencer a través de densos manifiestos, sino conectar de forma visceral. Al apropiarse de símbolos universales de la identidad popular como la camiseta de la Selección Colombia, la iconografía del tigre y la ingeniosa vinculación de cánticos de barras bravas de fútbol, ​​la campaña tradujo la política a un lenguaje festivo y cotidiano. Logró incluso un hito publicitario al enganchar a un público teóricamente irrelevante en el censo electoral: los niños, quienes se convirtieron en replicadores inconscientes de una marca personal omnipresente.

En el contrapuesto de este despliegue cromático y musical se situó Iván Cepeda. A pesar de ser un candidato de indudables quilates intelectuales, con una trayectoria legislativa respetable y una coherencia discursiva notable, su campaña careció por completa de pulso emocional. Fue, en esencia, “otra de las mismas”: una puesta en escena plana, monocromática y severamente que consideró erróneamente que los argumentos racionales bastan para movilizar al electorado actual. En una era dominada por el algoritmo y la gratificación visual, la sobriedad de Cepeda se percibió como distancia, y su incapacidad para generar pasiones positivas terminó por congelar su crecimiento en los centros urbanos más competitivos.

Sin embargo, el verdadero nudo de este análisis no radica únicamente en la estética publicitaria, sino en la mutación numérica que sufrió la votación de la segunda vuelta. El crecimiento exponencial de casi tres millones de sufragios a favor de Cepeda no se explica por un súbito enamoramiento colectivo con su austero programa de gobierno, sino por un comportamiento electoral atípico e hiperconcentrado. Es ahí donde la narrativa del “candidato pulcro” choca de frente con la cruda realidad de la geografía electoral colombiana, abriendo interrogantes profundos sobre la legitimidad de dicho incremento en regiones históricamente vulnerables.

El comportamiento de los escrutinios en la periferia del país revela que la votación de Cepeda se duplicó, triplicó y, en casos extremos, se quintuplicó de manera inverosímil entre la primera y la segunda vuelta. El epicentro de esta anomalía se localiza con precisión en zonas caracterizadas por el control hegemónico de actores armados ilegales. No se trata de un crecimiento orgánico impulsado por el debate de ideas, sino de un fenómeno de movilización masiva que coincide milimétricamente con los mapas de influencia de grupos al margen de la ley, levantando sospechas legítimas sobre la libertad real del votante en esos territorios.

El municipio de Campamento, en el norte de Antioquia, se erige como el monumento gráfico de esta distorsión. En un par de semanas, Iván Cepeda pasó de registrador unos modestos 426 votos en primera vuelta a la cifra astronómica de 2.136 votos en la segunda vuelta. Este patrón, lejos de ser un hecho aislado, se replicó con sospechosa regularidad en decenas de municipios ribereños, cocaleros y montañosos del país. La matemática electoral es caprichosa, pero rara vez hace milagros de tal magnitud sin la mediación de maquinarias tradicionales o, en este escenario específico, de fusiles que imponen la dirección del voto bajo el eufemismo del “entusiasmo popular”.

Al final, la balanza se inclinó hacia quien entendió que el poder hoy se disputa tanto en la pantalla del celular como en la audacia de la marca. De la Espriella triunfó dictando las reglas del entretenimiento político y la conexión afectiva legítima con las masas. Cepeda, en cambio, quedó atrapado en una paradoja democrática insostenible: mientras su imagen se desteñía en las plazas públicas por falta de color y emoción, sus cuentas electorales se inflaban milagrosamente en las zonas rojas del mapa. Una victoria de la mercadotecnia frente a una expansión estadística bajo sospecha que, sin duda, redefine las reglas del juego de cara al futuro.

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