Es verdaderamente indignante ver cómo nuestra sociedad se ha convertido en una especie de cangrejo colectivo que intenta arrastrar al fondo a cualquiera que asome la cabeza fuera del fango. Vivimos en un entorno que glorifica la autodestrucción y premia el exceso, pero que se siente profundamente ofendido cuando alguien decide, con una valentía que pocos poseen, dejar el alcohol, mejorar su alimentación o simplemente acostarse temprano para entrenar al día siguiente. No es solo falta de apoyo; es una hostilidad activa, una burla cínica que busca disfrazar la envidia con el manto de la “camaradería” o la supuesta diversión.
Basta con ir a una reunión social y decir: “No gracias, hoy no bebo”, para que se active un juicio inquisidor. De inmediato surge el comentario mordaz: “¿Qué pasó? ¿Te volviste aburrido?”, “¿Ya te crees de mejor familia?”, o el clásico “¿Te dieron el puesto de jefe y ya no te junta con los pobres?”. Es una presión grupal asquerosa que castiga la salud. Parece que, para ser aceptado, tienes que seguir siendo el mismo esclavo de la botella o de la comida chatarra que eras antes. Si decides recuperar tu dignidad y mirar de frente lo que el vicio te quitó, la sociedad te señala como si el que estuviera mal fueras tú.
Lo que realmente sucede es que tu cambio les pone un espejo frente a la cara que no quieren ver. Cuando tú decides dejar de endeudarte para comprar apariencias, cuando comienzas a correr por las calles en lugar de quedarte en el bar hasta las tres de la mañana, les estás recordando su propia falta de voluntad. Les molesta que hayas dejado de ser funcional al sistema de la mediocridad. Te satanizan porque te saliste de la fila, porque tu disciplina es un insulto silencioso a su pereza. La burla no es hacia ti, es el mecanismo de defensa de quienes no tienen el carácter para transformar su propia miseria.
Hablemos claro: dejar el licor no es una derrota, es retomar el mando de tu vida. Sin embargo, familiares y “amigos” prefieren verte “alegre” (aunque estés destruido por dentro) que verte sano y en control de tus emociones. Es desgarrador que un hombre o una mujer que decide amarse a sí mismo, consumir alimentos que nutran su cuerpo y fortalecer su mente, sea rechazado. Nos hemos acostumbrado tanto a lo tóxico que lo saludable nos parece una excentricidad o una pose de superioridad. ¡Qué sociedad tan enferma la que aplaude el brindis del abismo y abuchea el esfuerzo de la cima!
Si tú eres uno de los que hoy sufre estos ataques, si te han llamado “anciano” por cuidar tu sueño o “ridículo” por medir lo que comes, te digo: no cedas ni un milímetro. La disciplina no es un castigo, es el arma más letal que tienes contra la mediocridad circundante. Esas voces que hoy se ríen de tus nuevas rutinas son las mismas que mañana, cuando vean tus resultados, dirán que “tuviste suerte” o que “siempre fuiste diferente”. No permitas que el ruido de los que se rinden apague el fuego de tu transformación; ellos necesitan tu fracaso para sentirse cómodos en su estancamiento.
Hay que despertar y rechazar con contundencia esta cultura del sabotaje. No podemos seguir permitiendo que la burla sea el peaje que se deba pagar por querer vivir mejor. Necesitamos una sociedad que, en lugar de señalar al que cambia, se pregunte qué le falta para seguir sus pasos. Dejar de beber, empezar a hacer ejercicio y tener amor propio no es una moda, es un acto de rebeldía pura contra un sistema que nos quiere adormecidos, enfermos y dependientes. El respeto se gana con hechos, no con la aprobación de un grupo de personas que solo te quiere mientras te parezcas a sus propias frustraciones.
Cero excusas y no pida permiso para cambiar su estilo de vida. Tu momento no es mañana, es ahora mismo. Si te critican, que lo hagan con su ejemplo, no con su boca llena de veneno y mediocridad. Mantente firme en tu decisión, trabaja en el silencio de tu disciplina y deja que tus logros sean los que den el discurso final. Al final del día, quien domina su carácter domina su vida, y los que se burlan seguirán encerrados en la misma botella o en el mismo sofá, viendo cómo tú, finalmente, decidiste ser libre.
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