Opinión

Dígale adiós a los mismos de siempre

Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista

La política en tiempos de elecciones para el Congreso de la República suele transformarse en un frío ejercicio de aritmética donde el ciudadano se reduce a una cifra. A pocos días de que los colombianos acudan a las urnas este domingo 8 de marzo, la atmósfera en departamentos como Antioquia revela una desconexión preocupante: mientras los candidatos afinan sus estructuras, la opinión pública navega en un mar de desconocimiento sobre las propuestas reales. Esta falta de visibilidad no es accidental; muchos aspirantes eluden el debate abierto en medios porque saben que el “voto de opinión” es minoritario frente al peso del presupuesto y la eficiencia de las maquinarias electorales.

Entender una campaña al Congreso implica desmenuzar el concepto del “voto duro”. En este ecosistema, los apoyos no siempre se conquistan con ideas, sino que a menudo “tienen dueño” debido a intereses burocráticos o económicos preexistentes. Cuando se monta una estrategia legislativa, la logística reemplaza a la mística; se contabiliza el costo de cada voto y se asegura que la “maquinaria” no fallará el día clave. A diferencia de las elecciones presidenciales o locales, donde el carisma y la visión de ciudad movilizan masas, la contienda por las curules se juega en el terreno de las estructuras que garantizan resultados bajo la lógica del beneficio mutuo.

En Antioquia, el panorama para la Cámara de Representantes es un tablero de ajedrez donde se disputan 17 curules. Las proyecciones sugieren una distribución que refleja las fuerzas tradicionales y emergentes: el Centro Democrático podría alcanzar 5 escaños, seguido de Creemos con 3, y los liberales con otros 3. El resto se repartiría entre conservadores (2), el Pacto Histórico (2) y las fuerzas restantes entre el Partido Verde y la coalición de la U con Cambio Radical y Mira. Aunque estas cifras pueden variar, lo cierto es que la renovación real parece estancada por figuras que llevan varios periodos sin dar paso a nuevos liderazgos, acostumbrados a la comodidad del erario sin entregar resultados tangibles a su electorado.

La crisis de representatividad se agrava cuando analizamos la coherencia de quienes hoy ostentan el poder. Hemos visto políticos en la región que izan banderas de lucha —el agro, los niños, los animales o los vendedores informales— solo para desvirtuar esas causas una vez cruzan el umbral del Capitolio. Esas banderas se tornan en simples herramientas de mercado electoral. Por ello, la sensatez dicta que ya no se puede apoyar a quienes han mentido o han sido incoherentes; el Congreso no debe ser el refugio de quienes olvidan sus promesas apenas se posesionan, sino el escenario de quienes mantienen la cercanía con su territorio.

Es imperativo entender que la importancia del Congreso reside en su capacidad de ser el contrapeso del Ejecutivo y el arquitecto de las leyes que rigen nuestra cotidianidad. Votar este domingo no es solo un trámite, es la oportunidad de exigir políticos cercanos. No necesitamos legisladores que solo se sientan cómodos en la frialdad de los despachos de Bogotá, sino representantes que recorran los municipios de Antioquia, que entiendan las carencias de las veredas y gestionen soluciones reales a los problemas de los territorios. El Congreso es, o debería ser, la voz de la periferia en el centro del poder.

La renovación no vendrá de las maquinarias, sino del ciudadano que decide romper la inercia. Hay una urgencia clara por elegir personas nuevas, líderes que no estén contaminados por el vicio de vivir de la administración pública sin aportar valor. Si seguimos premiando a los mismos nombres que han bloqueado el relevo generacional, no podemos esperar que las dinámicas de gestión cambien. El 8 de marzo es la fecha límite para decidir si queremos un Congreso que siga operando como una empresa privada de votos o como una verdadera corporación pública al servicio del bien común.

Como elector, usted tiene la responsabilidad ética de investigar a fondo quién pretende representarlo, pues su voto es el filtro definitivo contra la impunidad. En el escenario actual, abundan candidatos cuyas trayectorias están manchadas por escándalos de corrupción, procesos judiciales en curso o cuestionamientos éticos que invalidan su discurso de cambio. Ignorar estos antecedentes es entregarle las llaves del erario a quienes ya han traicionado la confianza pública; por ello, antes de marcar al tarjetero este domingo, es imperativo verificar que su candidato sea coherente y libre de tachas legales, asegurando que su apoyo impulsa la transparencia y no la continuidad de las malas prácticas en el Congreso.

Este domingo, Antioquia tiene la oportunidad de demostrar que el voto de opinión puede dejar de ser una minoría para convertirse en el motor que obliga a los políticos a volver a las calles, no por votos, sino por compromiso social.

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