(OPINIÓN) Cuando el “Like” vale más que una vida
Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista
Es difícil no sentir un nudo de indignación en la garganta al constatar que, en Medellín y en tantas otras ciudades, hemos canjeado nuestra humanidad por un puñado de visualizaciones. La reciente alerta del Dagrd no es solo un dato estadístico; es el diagnóstico de una sociedad que parece haber perdido el norte. Resulta repulsivo que, ante el fuego o el estruendo de un desastre, la primera reacción de un ciudadano no sea marcar el 123, sino encuadrar la cámara. Estamos presenciando el nacimiento de un espectador de sangre fría que prefiere la estética del caos a la ética del auxilio.
Este fenómeno de los “testigos pasivos” es una bofetada a la solidaridad que alguna vez nos definió. No se trata simplemente de una distracción digital, sino de una negligencia que cuesta vidas. Saber que la atención de una emergencia puede retrasarse hasta cinco minutos porque la gente prefiere “hacer bulla” en redes sociales antes de reportar al canal oficial es, sencillamente, inaceptable. Esos segundos, que para el camarógrafo aficionado son solo contenido, para quien está atrapado entre las llamas o entre las latas de un vehículo representan la diferencia entre la supervivencia y la tragedia.
El colmo del cinismo llega con la monetización de la desgracia. Es vergonzoso que existen “creadores de contenido” que se atrevan a transmitir incendios en vivo, no para informar, sino para engrosar sus bolsillos mediante donaciones sospechosas y narrativas falsas.¿En qué momento sugerimos que el sufrimiento ajeno sea un espectáculo rentable? La ambición de estos individuos no solo desinforma, sino que erosiona la confianza en las instituciones de socorro.
Hago un llamado urgente a la sensatez. Al ciudadano común, le imploró que recupere su capacidad de sentir. La tecnología debería ser una herramienta para salvar vidas, no un muro de cristal que nos aísla del dolor del vecino. Si su primera intención al ver un accidente es sacar el teléfono, asegúrese de que sea para marcar los tres dígitos que realmente importan, y no para buscar un aplauso digital efímero.
No podemos permitir que los portales de redes sociales suplanten la labor del 123 bajo la falsa premisa de una “gestión rápida” que solo busca tráfico. La realidad es cruda: mientras un video se vuelve viral, la ayuda sigue “en el aire” porque nadie activó el protocolo oficial. Es hora de entender que un “compartir” no apaga incendios ni detiene hemorragias. La validación social que buscamos al ser los primeros en publicar una tragedia es una moneda sin valor frente a la urgencia de un ser humano en peligro.
Hacia el futuro, la reflexión debe ser profunda: ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo si nuestra empatía está mediada por una pantalla? Necesitamos una educación ciudadana que priorice la acción humana sobre el registro digital. Ser testigos no nos da el derecho de ser parásitos de la noticia; nos otorga la responsabilidad de ser el primer eslabón en la cadena de supervivencia. Medellín y sus alrededores deben despertar de este letargo narcisista antes de que el próximo video que grabemos sea el de nuestra propia indiferencia devorándolo todo.
Finalmente, instamos a las autoridades a fortalecer no solo sus canales de comunicación, sino también la pedagogía sobre la corresponsabilidad ciudadana. Reportar al 123 debe volver a ser un acto reflejo, un deber moral que prevalezca sobre cualquier tentación de fama virtual. La próxima vez que vea una columna de humo o escuche un pedido de auxilio, recuerde que el celular en su mano tiene el poder de salvar una vida si lo usa correctamente, o de condenarla si decide que un video vale más que un latido.
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