El ser humano parece tener una fascinación inquebrantable por el ayer y el mañana. Nos hemos convertido en expertos en el arte de la evasión temporal, quedando anclados en dos polos: un pasado del que no queremos desprendernos y un futuro incierto que nos aterra o nos ilusiona. Esta desconexión con el ahora nos impide experimentar la vida de manera plena. Nos movemos en un perpetuo estado de “ya no es” y “aún no es”, ignorando que la única realidad tangible, el único espacio para la acción, reside en el instante presente.
Observemos el ámbito social. Sucesos como la tragedia de Armero, la toma del Palacio de Justicia, la muerte de Pablo Escobar, el ataque a las Torres Gemelas, o accidentes aéreos como el del Chapecoense, han marcado la historia colectiva con dolor indeleble. La pregunta es: ¿es justo seguir viviendo con la misma intensidad emocional que generaron cuando sucedieron? Al revivir estas tragedias con la misma angustia o nostalgia, no estamos honrando la memoria; estamos, en realidad, succionando la energía del presente. Convertimos los hechos históricos en heridas frescas que se reabren sin cesar, impidiendo la cicatrización emocional colectiva y la verdadera paz.
Esta rumiación se manifiesta con igual fuerza en nuestra vida privada. La pérdida de un ser querido, como fue el fallecimiento de mi padre hace cinco años, que pudo ser un ancla poderosa. Celebrar su cumpleaños, el día del padre o el aniversario de su muerte sintiendo la misma emoción de ese pasado, es una forma de negación del presente. El dolor se convierte en una rutina. Solo a través de un acto de consciencia radical pude aceptar que “quien fue mi padre, ya no está en mi presente” y que ahora es simplemente un familiar más trascendido. Esta actitud consciente es la que disuelve la horrible sensación de estar rumiando una persona que ya no existe.
Hemos crecido con la frase: “quien no aprende de su historia volverá a repetirla”. Sin embargo, en la práctica individual, esta máxima parece fallar estrepitosamente. Las personas siguen cayendo en los mismos errores pasados, atrapadas por experiencias vividas y obsesionadas con el futuro, dejando su presente en piloto automático. El hecho es que, de los aproximadamente 60.000 pensamientos diarios que tenemos, una parte significativa son automáticos, repetitivos y negativos. ¿Cuántos de esos pensamientos está usted dedicando a un pasado inmutable o a un futuro que es solo una proyección mental?
La tendencia a rumiar el pasado no es un capricho; es una forma de lidiar con emociones no resueltas, traumas no procesados, ansiedad, depresión o perfeccionismo. Es un intento fallido del cerebro de buscar una solución o un control a lo que ya sucedió. Es como intentar chupar un hueso sin sustancia o desenterrar a un muerto que ya no está ni en polvo. Quienes evitan sus emociones o tienen alta inseguridad son especialmente propensos a este ciclo. La rumiación nos ata a la culpa, la vergüenza y el arrepentimiento, manteniéndonos en un bucle mental estéril.
El costo de esta desconexión es altísimo. La rumiación no se limita al recuerdo; trae consigo las emociones asociadas, haciendo que el dolor se sienta como si estuviera ocurriendo aquí y ahora. Este bucle constante provoca estrés, ansiedad y, a largo plazo, contribuye al desarrollo y mantenimiento de graves problemas de salud mental. Nos incapacita para disfrutar del momento actual, dificultando nuestra capacidad para tomar decisiones claras y construir un mañana mejor, pues toda nuestra energía se drena en fantasmas del ayer.
Usted debe detenerse y preguntarse: ¿Cuántas veces se estaciona en su pasado o se ilusiona con un futuro incierto, olvidando que el único motor de cambio es el presente? La conclusión es clara: el pasado ya pasó, es algo que no podemos revivir. El futuro aún no existe y muchas veces no se manifestará como lo hemos planeado. Dejemos el pasado quieto, no nos preocupemos por el mañana. La única tarea verdaderamente vital es ocuparnos de nuestro presente, pues es aquí, en este preciso momento, donde reside la vida real y la posibilidad de una transformación auténtica.
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