Opinión

(OPINIÓN) Las vías sencillamente no dan más

Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista

“Definitivamente en Medellín y el Valle de Aburrá no hay por dónde andar”. La frase se ha convertido en el saludo por excelencia entre extraños y conocidos, el pretexto inevitable en las reuniones a las que se llega tarde y el desahogo colectivo en cada semáforo. Y no es una percepción exagerada: según el Área Metropolitana, diariamente transitan unos 2,4 millones de vehículos por la subregión. Hemos convertido nuestras vías en un parqueadero a cielo abierto donde el progreso se mide en metros por hora y la paciencia humana se agota al mismo ritmo que el combustible.

El origen de esta parálisis no es ningún misterio, sino una matemática implacable. En los últimos 20 años, la cantidad de automóviles se disparó con un incremento de 1,8 millones de unidades, elevando el parque automotor por encima de los 2,29 millones de vehículos, de los cuales el 60% (1,35 millones) son motocicletas. El verdadero drama radica en que la salida de circulación de carros y motos antiguos jamás ocurre en la misma proporción en que ingresan los nuevos. Con casi la misma infraestructura vial de hace dos décadas, la oferta de asfalto simplemente fue devorada por una demanda desbordada.

Ante la crisis, la respuesta instintiva suele ser la más engañosa: construir más vías. Sin embargo, la experiencia demuestra que la infraestructura por sí sola es un saco sin fondo. Cada nueva obra vial se convierte en un paliativo temporal que, en cuestión de semanas o días, vuelve a colapsar bajo el fenómeno del tráfico inducido; Entra más carros y motos de los que la ingeniería puede acomodar. Pensar que solucionaremos el problema abriendo más carriles para darle cabida a más motores es como intentar apagar un incendio arrojándole gasolina.

A este panorama estructural se le suma un componente cultural desgarrador e incívico: la anarquía cotidiana. El pico y placa, que en su momento fue un alivio, hoy se queda completamente corto ante el crecimiento vehicular. Para colmo, no faltan los conductores que circulan ignorando la restricción a sabiendas de que el déficit de agentes de tránsito en los municipios les garantiza impunidad. Si a esto le añadimos la plaga del mal parqueo, donde un solo vehículo estacionado sin vergüenza en un carril barrial o en una arteria principal reduce la movilidad a la mitad, el desastre queda servido.

El futuro inmediato no promete tregua, sino un desafío aún mayor con la llegada de intervenciones clave como las obras del Metro de la 80. Debido a la altísima carga vehicular de ese corredor y a la preocupante falta de vías alternas capaces de absorber el flujo diario, los impactos en la movilidad serán inevitables e intensos. Para evitar el infarto definitivo del occidente de la ciudad, la administración municipal debe dejar de lado las recomendaciones tibias e invitar formalmente a empresas e instituciones a implementar esquemas agresivos de teletrabajo que resten millas de viajes innecesarios al día.

Es hora de aceptar una verdad incómoda: el modelo de movilidad actual colapsó y la problemática amenaza con llegar a un punto de no retorno. Las alcaldías de los diez municipios del Valle de Aburrá no pueden seguir confiando en parches viales ni en un pico y placa obsoleto que ya perdió su efectividad inicial. Necesitamos revisar con urgencia las medidas vigentes y diseñar una estrategia integral que replantee cómo nos movemos, dónde trabajamos y qué prioridades le damos al espacio público.

El verdadero cambio no vendrá del pavimento, sino de decisiones valientes y estratégicas: desde el cobro por la congestión y el fortalecimiento real del transporte público, hasta la fiscalización estricta del espacio de parqueo y la regulación de la entrada de nuevos vehículos. Seguir apostándole a las mismas fórmulas de siempre mientras el parque automotor crece sin freno solo nos garantiza una cosa: quedar atrapados, para siempre, en el trancón de nuestra propia indiferencia.

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