Opinión

(Opinión) Farmear aura: el arte de buscar aprobación

Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista

Si últimamente ha escuchado a sus hijos o a los jóvenes en redes sociales hablar de “farmear aura”, es probable que haya sentido esa desconexión generacional tan común entre adultos y adolescentes. En el ecosistema digital actual, donde las nuevas generaciones se caracterizan por ser más sensibles, expresivas, emocionales y abiertas a comunicar lo que sienten, han surgido códigos propios. “Farmear”, un término heredado de los videojuegos que significa acumular un recurso con esfuerzo constante, se ha fusionado con la idea del “aura”, ese estatus de seguridad, estilo y carisma que te hace lucir increíble ante los demás. Hoy, un gesto elegante, una respuesta rápida o una buena acción en vídeo suma puntos de aura; un tropiezo ridículo los resta.

Sin embargo, antes de juzgar o ridiculizar esta nueva jerga como algo trivial, los adultos deberíamos hacer un ejercicio de memoria y comprensión. “Farmear aura” no es un invento del algoritmo ni una anomalía del presente; es simplemente el nombre moderno para una necesidad humana tan antigua como la juventud misma: el posicionamiento individual y la búsqueda de aprobación social. Cambian los canales, las dinámicas y las palabras, pero el fondo sigue siendo exactamente el mismo que movió a las generaciones anteriores.

Para entenderlo, basta con mirar hacia atrás. En los años 60 y 70, se “farmeaba aura” dominando los pasos de baile al estilo de John Travolta en la pista, luciendo un peinado con suficiente laca o adoptando la estética rebelde del rock and roll. En los 80, la acumulación de aura migraba a las esquinas con el breakdance, donde meterse al centro de una ronda para mostrar el mejor paso garantizaba el respeto del barrio. Para la década de los 90 y los 2000, “farmear aura” significaba pertenecer con orgullo a una tribu urbana: dominar un truco en el skatepark, llevar el copete engominado, portar la ropa ancha de los raperos o identificarse con la estética de los emos, punkeros o gomelos.

Incluso en la cultura popular de la época se proyectaba esta búsqueda. ¿Acaso el copete gigante de Alf o las modas extravagantes de las series de televisión no eran intentos de moldear una personalidad “cool” frente al grupo? Quien dominaba el baile, la vestimenta o el lenguaje de su época, acumulaba ese estatus simbólico que hoy los jóvenes miden en “aura”. Lo que pasa es que en nuestro tiempo no teníamos una palabra tan necesaria para etiquetarlo, pero la dinámica social funcionaba con las mismas reglas de validación.

En el presente, esa misma energía se despliega en batallas de freestyle en los parques, en rondas de baile improvisadas en los colegios o en tendencias creativas de redes sociales. Como padres y adultos responsables, el reto consiste en mirar el fondo y no quedarse atrapados en la forma. La juventud actual es sumamente comunicativa y encuentra en estos códigos una válvula de escape para construir su identidad. Juzgar la tendencia solo crea distancias innecesarias en una etapa que, por naturaleza, es efímera: mañana esta expresión pasará de moda y vendrá otra a reemplazarla, tal como ocurrió con nuestro propio lenguaje juvenil.

Al poner las cosas en perspectiva, la balanza se inclina claramente a favor de estas manifestaciones. Mil veces preferible ver a los jóvenes concentrados en “farmear aura” a través del arte, el humor, la música o el baile, que verlos citándose por redes sociales para agredirse con machetes, palos o cuchillos. Prefiero mil veces que los parques, las plazas públicas y las aulas se llenan de batallas de rimas y pasos de baile, a presenciar la violencia insensata de hinchas matándose por el color de una camiseta adentro y a las afueras de los estadios.

Al final del día, comprender a las nuevas generaciones exige empatía histórica. Todos fuimos jóvenes, todos buscamos encajar, todos pertenecimos a una tribu y todos, a nuestra manera y en nuestra época, también “farmeamos aura”. La diferencia es que hoy ellos tienen un nuevo nombre para contar la misma historia de siempre.

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