Indignación a la que asistimos día tras día, a la más descarada exhibición de incompetencia en el ejercicio del poder. Es un guion tan viejo como la excusa, cuando no se puede o no se quiere hacer frente a las propias responsabilidades, la solución mágica es mirar hacia el horizonte y gritar “¡La culpa es de ellos!”. Este mecanismo de defensa, patético en lo personal, se vuelve desastroso cuando lo aplica un gobierno entero, utilizando la atención nacional como un vulgar proyector de sombras.
Desde el día uno, hemos sido testigos de esta táctica constante. Cada bache, cada crisis desatendida —ya sea en la seguridad, la salud o los programas sociales— desvía automáticamente las miradas hacia afuera. El país arde en problemas internos, pero el debate se traslada a escenarios internacionales lejanos. Señalan, indican y buscan culpables externos con una diligencia que deben aplicar a la gestión. ¿Acaso creen que algunos colombianos somos tan ingenuos para no darnos cuenta de que se trata de una maniobra desesperada para ocultar su inoperancia y falta de conocimiento para gobernar?
Esta desconexión con la realidad de Colombia es insultante. Es el reconocimiento tácito de la propia insuficiencia. Como no pueden ofrecer soluciones tangibles a las problemáticas que golpean a los territorios, activan lo que mejor saben hacer: la distracción masiva. Y lo más triste es ver cómo, una y otra vez, la ciudadanía, los medios y hasta la oposición caen en este juego perverso, permitiendo que el foco se desvíe de lo esencial de las promesas incumplidas y las necesidades urgentes de la nación.
Resulta, además, irónico. Quienes hoy ostentan el poder son los mismos que, en el pasado, vieron la necesidad de salir a las calles, generar caos y perturbar la rutina diaria. Para ese entonces, la organización, la fuerza y la voluntad para protestar estaban presentes y lograron resultados. Estuvo bien la protesta cuando les servía para llegar a las riendas de la nación. ¿Dónde quedaron esa fuerza y esa voluntad ahora que las riendas están en sus manos y el caos ha cambiado de bando?
Ahora, el presidente y su séquito están inmersos en una protesta permanente, por ejemplo, propalestina. Por supuesto que el rechazo a la guerra es importante, pero es imposible ignorar la doble moral donde Colombia está sumida en su propia crisis, con la violencia y la inseguridad disparadas, la desatención en salud desbordada y proyectos esenciales estancados. Y, peor aún, este nefasto gobierno está a menos de un año de terminar sin haber resuelto lo básico.
Pero dejemos de señalar solo al gobierno. Este ejercicio de distracción, a pesar de la indignación que genera, debe ser un llamado a la reflexión personal. ¿Acaso usted, querido lector, se comporta de manera similar en su vida? ¿Desatiende sus compromisos personales, familiares o laborales, buscando constantemente a quién cargarle el peso que usted no quiere asumir? Las acciones de este gobierno son, en el fondo, un reflejo amplificado de una individualidad desconectada de sus deberes y responsabilidades.
Tal vez la verdad sea demasiado dura. Nos duele enfrentar lo que debemos resolver a diario. Nos aterra la autoevaluación de nuestros pensamientos, acciones y comportamientos porque allí es donde la ilusión se desvanece y nos damos cuenta de quiénes somos realmente. Se vale distraerse, pero no vivir distraído. El problema no es la coyuntura internacional; es la proliferación de excusas sobre los propósitos. La gente se queja de que la vida no le da lo que solo proyecta en deseos banales, cuando la realidad exige acción y responsabilidad. Es hora de dejar de mirar la paja en el ojo ajeno, obligar al gobierno a gobernar y obligarnos a nosotros mismos a vivir.
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