(OPINIÓN) Chocó: más allá del cemento y el auxilio estatal
Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista
Hay momentos en los que una tragedia nos obliga, casi a la fuerza, a mirar hacia donde siempre hemos evitado fijar la vista. El devastador terremoto del pasado 10 de agosto en el Chocó volvió a poner sobre la mesa la fragilidad de un territorio herido, pero también trajo consigo un respiro de esperanza. Con apenas un mes de haber instalado, el gobierno del presidente Abelardo De La Espriella asumió su primera gran prueba de fuego al convocar con éxito una cumbre empresarial en la mismísima región afectada. Ver a la empresa privada y al Estado sentados en el territorio, trazando la reconstrucción de nuestros hermanos chocoanos, genera una satisfacción inevitable y demuestra que, cuando hay voluntad política, las dinámicas de atención nacional pueden dar un giro real.
Sin embargo, tras el evento empresarial, una publicación que circuló masivamente en redes sociales volvió a encender un debate amargo pero indispensable. Todos conocemos el diagnóstico tradicional y nadie puede negar la historia: el Chocó ha sido sistemáticamente olvidado por los gobiernos centrales y por un sector privado que jamás se atrevido a apostar por múltiples factores sociales. Es una deuda histórica innegable. Pero al analizar la realidad sin anestesia, aparece una verdad incómoda que duele aceptar: mientras el Estado brillaba por su ausencia, da la sensación de que en el territorio también terminó calando una desconexión consigo mismo.
No se puede tapar el sol con un dedo ni eximir de responsabilidad a las élites locales. Los mismos gobernantes que han desfilado por las alcaldías y la gobernación, hijos de esa misma tierra, han sido designados repetidamente por tramas de corrupción. Esos líderes despojaron a sus propios hermanos de la posibilidad de tener desarrollo, infraestructura digna y proyección tecnológica. El abandono estatal ha sido voraz, pero el saqueo desde adentro ha terminado por rematar las esperanzas de progreso de una comunidad que merecía un destino distinto.
Esta paradoja me evoca de inmediato aquel célebre tema de ChocQuibTown que retrata la cotidianidad del pacífico con una lucidez casi profética: “De donde vengo yo la cosa no es fácil, pero siempre igual sobrevivimos (…) Todo el mundo toma whisky. Todo el mundo anda en moto. Todo el mundo tiene carro… Todo el mundo está embambao. Todo el mundo quiere irse de aquí, pero ninguno lo ha logrado”. La letra describe a la perfección una dinámica donde la apariencia muchas veces aplasta al bien común, priorizando el consumo e imagen individual por encima de la construcción colectiva.
Las contradicciones del día a día reflejan con dureza esta trampa cultural. Es impactante ver cómo afuera de una humilde casa de madera se parquea un carro último modelo, o cómo algunos pescadores del océano Pacífico optan por venderle atunes frescos a gigantescas embarcaciones chinas para luego ir a la tienda de la esquina a comprar latas de atún procesadas. Son espejos pequeños de una realidad distorsionada donde el estatus aparente pesa más que la sostenibilidad y el verdadero bienestar económico.
Insisto, el Estado poco o nada ha mirado hacia este rincón del país, pero la misma sociedad local se ha invisibilizado entre sí al naturalizar estas lógicas. Cuando la prioridad es el sustento individual y se tolera que los recursos comunitarios se pierdan en manos locales, es imposible salir de las ruinas. Un pueblo no se levanta solo con promesas externas si en lo cotidiano no se rompe la inercia de sobrevivir a la costa del futuro común.
Ojalá que las medidas de este nuevo gobierno no se queden en el papel y les den rienda suelta a las proyecciones en este territorio bendecido con biodiversidad, agro, oro y fuentes hídricas. Es el momento histórico de erradicar la violencia impulsando la reconstrucción, la inversión privada, la conectividad y la generación de empleo real. La verdadera transformación del Chocó no se medirá por quién toma más whisky, quién luce las cadenas de oro más pesadas o quién exhibe el último modelo de celular, sino por la capacidad colectiva de convertir las ruinas en una prosperidad duradera.
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