Opinión

(Opinión) “Berrinche civil”

Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista

La democracia tiene una regla invisible pero sagrada: para que el juego funcione, todos los jugadores deben aceptar el resultado, incluso cuando el marcador duele. Sin embargo, el reciente llamado del senador Iván Cepeda a una “desobediencia civil pacífica” tras la elección de Abelardo De La Espriella abre una grieta peligrosa en la política colombiana. No se trata de un fenómeno aislado, sino de un síntoma global donde perder por un margen estrecho se ha convertido en la excusa perfecta para deslegitimar al ganador. Cuando la derrota ya no se acepta, el sistema entero empieza a tambalearse.

Esta postura plantea una paradoja casi absurda: ¿en qué universo el competidor vencido es quien pretende dictar las reglas de convivencia del nuevo período? Al condicionar el reconocimiento de la autoridad presidencial a sus propias exigencias —como el cese de acciones judiciales contra el exmandatario Gustavo Petro o sembrar dudas sobre supuestos vínculos del presidente electo con agencias extranjeras—, la oposición desborda el ejercicio legítimo de la crítica. La oposición es el contrapeso del poder, no su suplantadora; confundir el derecho a disentir con la facultad de desconocer la ley es el primer paso hacia el caos institucional.

Aunque las banderas de la “vía pacífica” se agitan con insistencia, las palabras en política tienen un peso específico y, a menudo, actúan como detonantes. Detrás del discurso formal de Cepeda, aparecen voces más jóvenes e impetuosas, como la de Vivian Marín de la Juventud Comunista, sentenciando que “lo que se viene es calle”. Esta desconexión entre la teoría pacifista de los líderes y la agitación real de las bases convierte la resistencia en una herramienta de presión asfixiante, un berrinche social que busca conseguir en las aceras lo que las mayorías no les otorgaron en las urnas.

El verdadero peligro de estos mensajes es que no cae en el vacío, sino en una sociedad ya profundamente fracturada y con los nervios a flor de piel. La polarización en Colombia ha dejado de ser un debate de corbata y escritorio para trasladarse a la vida cotidiana. Lo vimos hace poco en un show del comediante ‘Culotauro’, donde una presentación humorística terminó en una violenta gresca entre los asistentes por diferencias políticas. Cuando la intolerancia llega al punto de irse a los golpes en un espacio de entretenimiento, queda claro que el tejido social está peligrosamente desgastado y que insistir en la división unilateral es lanzar fósforos encendidos a un polvorín.

Por eso, la desobediencia civil no puede ser un cheque en blanco que se cobra cada vez que un partido pierde una elección. Este mecanismo tiene límites constitucionales estrictos y nació para resistir tiranías flagrantes, no para sabotear gobiernos que apenas van a comenzar su mandato. Utilizarla de manera preventiva o como estrategia de chantaje político para blindar intereses particulares desvirtúa su esencia histórica. La ley colombiana cuenta con los instrumentos institucionales suficientes para equilibrar los excesos del Ejecutivo, sin necesidad de empujar a la ciudadanía al desacato.

Ante este panorama, la tranquilidad del país no depende únicamente de lo que se decida en los pasillos del Congreso o en la Casa de Nariño; depende, principalmente, del ciudadano de a pie. El llamado actual es a la madurez democrática y a la sensatez. Frente a la retórica incendiaria que busca encender las masas, la respuesta no puede ser el automatismo ciego. Cada ciudadano tiene hoy la elección de convertirse en una marioneta manipulada por los hilos de la indignación ajena, o en un actor crítico que decide dejar gobernar desde el criterio, el conocimiento y la vigilancia pacífica pero rigurosa.

Al final del día, el rumbo de nuestra convivencia se define en los espacios más pequeños y cotidianos. Para sanar una nación dividida, debemos empezar por revisar cómo gestionamos nuestras propias pasiones políticas con quienes nos rodean. ¿Cómo reaccionamos en nuestras mesas familiares o grupos de amigos cuando alguien defiende una postura opuesta a la nuestra? ¿Estamos alimentando el mismo berrinche social dentro de nuestro hogar al descalificar al vecino, o somos capaces de escuchar sin atacar? En nuestro círculo más cercano, ¿actuamos como puentes de entendimiento o como repetidores de la intolerancia que vemos en las pantallas? La paz del país empieza por la madurez con la que asumimos la diferencia con los nuestros.

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