(OPINIÓN) ¿Cada colombiano debe 20 millones al Estado?
Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista
Es verdaderamente insultante observar cómo el Estado se ha convertido en una billetera sin fondo para quienes lo dirigen, mientras el ciudadano de a pie debe hacer malabares para que el salario mínimo no se le escape entre los dedos antes de la quincena. La gestión del erario, tanto en el gobierno actual como en los anteriores, ha sido el vivo reflejo de un “nuevo rico” irresponsable: alguien que, al recibir un aumento, lo primero que hace es comprarse un carro de lujo que no puede mantener, en lugar de arreglar las goteras de su casa. Gastan el dinero ajeno con una ligereza que asombra, olvidando que cada peso que despilfarran en burocracia innecesaria es un peso que le quitan al desarrollo sano de la nación.
Imaginen por un momento que en su hogar el padre o la madre deciden invitar a todo el barrio a una fiesta con orquesta y champaña, mientras la nevera está vacía y los recibos de la luz llevan meses vencidos. Esa es la realidad de Colombia. Se crean cargos públicos como quien reparte dulces en un desfile y se mantienen contratos de prestación de servicios que solo sirven para pagar favores políticos. Es una bofetada a la ética financiera que, mientras el país se asfixia en deudas, la prioridad sea el gasto en logística, viajes y eventos de “socialización” que no dejan más que fotos para el recuerdo y un hueco fiscal más profundo.
El panorama es tan desolador que la deuda neta ya ronda el 58% del PIB, una cifra que nos devuelve a las épocas más oscuras de nuestra historia económica. Para que usted, señor lector, lo dimensione en su cotidianidad: es como si su tarjeta de crédito estuviera al límite, su crédito de vivienda en mora y, aun así, usted decidiría sacar un préstamo gota a gota para irse de vacaciones. El país está gastando sistemáticamente más de lo que recauda, y lo peor es que ese gasto no se ve reflejado en mejores carreteras o servicios de salud eficientes, sino en el mantenimiento de un aparato estatal obeso e ineficiente que devora todo a su paso.
Resulta inconcebible que incluso bajo liderazgos que se jactan de entender la economía, no se haya puesto un freno de mano a este descalabro. Parece que se les olvida la regla de oro de cualquier economía familiar básica: cuando los ingresos no alcanzan, se recorta el gasto superfluo. Pero aquí la lógica es inversa; si no alcanza, se crean más impuestos o se pide más prestado, trasladando la irresponsabilidad del gobernante al bolsillo del trabajador. Es una falta de respeto que hoy cada colombiano deba, sin haber firmado ningún pagaré, cerca de 20 millones de pesos por concepto de deuda pública, diez veces más que hace tres décadas.
Este es también un mensaje directo para aquellos que manejan las finanzas públicas con irregularidad y opacidad: la fiesta se está acabando y la resaca será dolorosa para todos. No se puede seguir administrando una nación como si fuera una caja menor personal. La corrupción y los programas sociales asistencialistas que no generan retorno productivo son simplemente fugas de agua en una tubería que ya está seca. Si un ciudadano común falsea sus estados financieros para obtener un crédito, termina en la cárcel o en la ruina; ¿Por qué los administradores del Estado se sienten inmunes a las consecuencias de su mala gestión?
El próximo gobernante de Colombia no puede ser simplemente un político carismático con promesas vacías; tendrá que ser, por obligación ética y técnica, un administrador riguroso, un economista pragmático y un estratega en finanzas públicas. Necesitamos a alguien que sepa “amarrar el bolsillo” y que entienda que el dinero público es sagrado porque proviene del sudor de quienes sí trabajan. No podemos permitir que el siguiente en la lista siga jugando a ser el millonario del barrio que espera que el dinero le caiga del cielo mientras la deuda externa nos respira en la nuca.
La recuperación de la confianza de las calificadoras de riesgo y la estabilidad del país dependen de un cambio radical de mentalidad. Debemos exigir austeridad real, no de discurso. Es hora de dejar de premiar la improvisación y empezar a valorar la eficiencia. Si no tomamos en serio la administración de nuestra casa grande, que es la nación, terminaremos todos pagando los platos rotos de una cena a la que nunca fuimos invitados, pero cuya cuenta nos llegó, con intereses usureros, directamente al comedor de nuestros hogares.
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