Opinión

(OPINIÓN) ¿Los “malos” tienen mejores resultados?

Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista

Toda la vida nos ha vendido la misma idea: “hacé el bien y te irá bien; hacé el mal y te irá mal”. Sin embargo, la realidad suele darnos un bofetón cuando vemos a personas que mienten, manipulan o hacen daño están rodeadas de éxito, dinero y abundancia. Mientras tanto, muchos que se esfuerzan por ser correctos sienten que el universo les da la espalda. Nos preguntamos con frustración cómo es esto posible, y la respuesta es una verdad incómoda: la vida no distingue necesariamente entre “buenos” y “malos”, sino entre la convicción y la duda.

Es difícil de digerir, pero el éxito no siempre es un premio a la virtud, sino un resultado de la certeza absoluta. Un dictador puede comenzar una guerra convencido al cien por ciento de que lo que hace es necesario; un corrupto justifica sus decisiones como pasos inevitables. No actúan con el freno de mano puesto; actúan con una seguridad que arrastra realidades. No es que el mal gane por ser malvado, sino porque quien actúa sin fisuras en su pensamiento genera resultados más contundentes que quien tiene un corazón bondadoso, pero vive lleno de vacilaciones.

Esta fuerza de la convicción se manifiesta en los escenarios más oscuros. Pensemos en el asesino que, antes de salir a cumplir su propósito, se encomienda a su santo de devoción para tener buena puntería; o en el ladrón que sale a la calle convencido de que no va a robar, sino que simplemente sale a “trabajar”. Para ellos no hay dilema moral que los detenga en el momento de la acción. Esa ausencia de duda es la que, de manera retorcida, termina alineando las circunstancias a su favor, mientras que la persona buena suele quedarse paralizada analizando cada riesgo.

Incluso en entornos cotidianos vemos esta dinámica. El jefe tóxico se mantiene en la cima o asciende porque cree, sin dudar un solo segundo, que merece estar arriba de los demás. No pide permiso ni se disculpa por su ambición. En contraste, la persona bondadosa suele cargar con la inseguridad, el miedo al qué dirán o la sensación de no ser suficiente. La realidad es cruda: la certeza de un equivocado suele llegar más lejos que la timidez de alguien justo.

Si no crees en leyes universales, esto puede parecerte una injusticia absoluta, pero hay una lección poderosa escondida allí. El problema nunca fue tu bondad, sino lo que dejaste que la acompañara: la duda, la desconfianza, la procrastinación y esos apegos que te mantienen atado. Tu luz se ha visto opacada por creencias limitantes que te dicen que no puedes o que no te corresponde, mientras que otros, con propósitos mucho menos nobles, avanzan simplemente porque creen en lo que hacen con cada fibra de su ser.

Imagina por un momento qué pasaría si tuvieras esa misma convicción inquebrantable, pero alineada a tus valores, a tus talentos ya tus virtudes. Si tu propósito real estuviera respaldado por la misma seguridad con la que el corrupto persigue su ambición, no habría muro que no pudieras derribar. La bondad no tiene por qué ser débil; De hecho, una bondad decidida es la fuerza más transformadora que existe. El secreto no está en cambiar tus principios, sino en eliminar la vacilación que te impide ejecutarlos.

Al final, la pregunta que debemos hacernos no es solo si somos “buenos”, sino si realmente creemos en lo que hacemos con cada célula de nuestro cuerpo. Cuando la certeza y el propósito se juntan, los límites desaparecen y el estancamiento se rompe. No se trata de imitar la falta de ética de los demás, sino de copiarles la seguridad para ponerla al servicio de lo que es correcto. La victoria no es del mal, es de la certeza; y ya es hora de que la gente buena empiece a creer en sí misma con la misma fuerza.

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