Vivimos en una época de hiperconexión, pero, irónicamente, nunca hemos estado tan desconectados de la verdad simple. Las suposiciones son como disparos al aire: creemos que son inofensivos porque no apuntamos a nadie en concreto, pero olvidamos que, por pura gravedad, esa bala terminará cayendo. Y casi siempre, aterriza sobre nuestra propia cabeza. Construimos realidades paralelas basadas en un “me pareció” o un “seguro es por eso”, convirtiéndonos en arquitectos de laberintos donde nosotros mismos somos el Minotauro.
El problema radica en que cada suposición es una bala cargada con nuestros propios miedos y prejuicios. No juzgamos al otro por lo que es, sino por lo que nosotros tememos ser o recibir. Como bien decía el estoico Musonio Rufo, es preferible la incomodidad de una pregunta directa que el martirio de la ignorancia autoinfligida. Al suponer, elegimos voluntariamente el sufrimiento, llenando los silencios ajenos con guiones de terror que solo existen en nuestra imaginación, transformando un simple malentendido en una tragedia griega de proporciones épicas.
Pensemos en situaciones cotidianas que nos roban el sueño. Ese mensaje de WhatsApp que se quedó en “visto” durante horas no es necesariamente un deseo; quizás la otra persona está lidiando con una urgencia o simplemente olvidó el teléfono en la cocina. El jefe que no te saludó en el pasillo no está tramando tu despido; probablemente esté repasando su propia lista de errores mentales. Al dibujar esas “nubes de pensamiento” sobre las cabezas ajenas, como si fuéramos caricaturistas de la desdicha, dejamos de vivir nuestra vida para empezar a editar una ficción ajena que nadie nos pidió escribir.
Esta tendencia a “adivinar” intenciones es, en el fondo, una distracción magistral. Mientras nos preocupamos por descifrar por qué el vecino nos miró raro, evitamos mirar hacia adentro. Es mucho más fácil cuestionar el silencio del otro que cuestionar nuestra propia inseguridad o la calidad de nuestros pensamientos diarios. Nos quejamos de la falta de transparencia de los demás, pero somos nosotros quienes levantamos muros de suposiciones que impiden cualquier comunicación genuina.
El costo de este patrón de comportamiento es altísimo: nuestra tranquilidad. Cada vez que das por hecho algo sin preguntar, te provoca una herida en un lugar donde nunca hubo un ataque. Es una forma de autosabotaje emocional que nos deja agotados, resentidos y, lo más triste, aislados. Nos volvemos expertos en leer entre líneas en páginas que están, en realidad, en blanco. La suposición es el refugio de quien teme la verdad, pero también es la cárcel de quien desea ser libre.
El llamado al cambio no es una sugerencia educada, es una necesidad de supervivencia mental. Debemos aprender a desamar el gatillo de la imaginación y sustituirlo por el puente de la palabra. Preguntar con honestidad, sin sarcasmo y con una curiosidad genuina, es el acto de valentía más sencillo que podemos realizar. “Oye, noté que estabas serio, ¿pasa algo?” Tiene el poder de disolver horas de angustia en apenas cinco segundos. Es hora de dejar de ser detectives de lo inexistente para convertirnos en protagonistas de nuestra realidad.
La próxima vez que sientas el impulso de cargar el arma de la suposición, distensión y respiración. Las balas de la imaginación no resuelven conflictos, solo crean cicatrices en piel sana. No te hieras más con historias inventadas. Elige la claridad sobre el caos, la pregunta sobre la duda y la paz sobre el ego. Al final del día, la verdad siempre es menos pesada que la mochila de piedras que armamos cuando creemos saber lo que el mundo está pensando en nosotros.
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