Política

(OPINIÓN) Conductores: excusas y pena ajena.

Por: César Augusto Muñoz Bedoya

Otro 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, una fecha que parece haberse extendido a todo el año en las vías de Medellín. Gracias a la cuenta viral “Agentes de Medellín”, donde un guarda anónimo registra su jornada desde una cámara en su casco, han quedado expuestos ante una realidad penosa: la ciudad está llena de conductores que, al ser sorprendidos cometiendo una infracción, se transforman en personajes de ficción. Ya no se trata de simples multas, sino de un desfile de ciudadanos que intentan burlar la ley con historias tan increíbles que parecen sacadas de un libreto de comedia, pero que reflejan una profunda falta de educación vial.

Lo que genera una mezcla entre risa y “pena ajena” es ver a adultos de más de 20 años recurriendo a excusas que quedarían a un niño de escuela como un genio de la lógica. Escuchar a un motociclista decir con toda la seriedad del mundo que invadió la cicloruta porque “no sabía que era solo para bicicletas” es el equivalente vial a decir que el perro se le comió la tarea. Uno no sabe si reír o pedirle al agente que, además del comparendo, le regalará un libro de colorear para que aprenda a distinguir las figuras y los espacios.

La joya de la corona en este “festival de la inocencia” se la lleva el ingenio para evadir el pico y placa. Hay un video donde un ciudadano asegura que su placa estaba tapada porque su “cachorro” (refiriéndose a su hijo pequeño) le había hecho una travesura. ¡Claro! Porque todos sabemos que los niños paisas nacen con una fijación genética por ocultar el último dígito de la matrícula con cinta negra justo antes de salir a la Regional. Otro, más místico, simplemente manifestó que “no se acordaba” de haber pasado un semáforo en rojo. Un caso de amnesia selectiva que solo ocurre cuando aparece el uniforme azul.

Pero la creatividad no tiene límites cuando de salud se trata. Tenemos al conductor que invadió la vía exclusiva de las bicicletas por un “dolor de estómago” fulminante, pero que aguantó cinco minutos de retención sin que la naturaleza hiciera su llamado. O el motociclista que transitaba en contravía porque “le daba pereza dar la vuelta” y, para rematar, le dolían las rodillas. Ni hablar del que saca la moto en pico y placa, sin tecnicomecánica, por supuesto, porque el transporte público le genera un trauma psicológico que requiere tratamiento. Al parecer, el problema mental solo se cura infringiendo la ley.

La desfachatez llega a niveles astronómicos cuando aparecen los “expertos” en leyes inventadas. Hay quienes aseguran, muy convencidos, que tienen “una hora de gracia” para traer el casco del parrillero antes de ser multados. Otros culpan al perro: un conductor que llevaba a su mascota en el pecho juró que se pasó el semáforo en rojo porque el perrito se le iba a caer y “no se dio cuenta” del color de la luz. Es fascinante cómo, en el momento del comparendo, todos se vuelven víctimas de las circunstancias, padres angustiados por llamadas de hijos enfermos o turistas locales perdidos que mágicamente no ven las señales de prohibido girar.

Lo que deja de ser gracioso y se vuelve impactante es la radiografía de nuestras calles: una cantidad alarmante de motos circula sin SOAT, sin tecnicomecánica y con conductores que no portan los documentos de automotor, ni la licencia, ni la cédula. En los videos ha quedado registrado cómo, ante la falta de argumentos, muchos pasan del cuento infantil al intento de soborno o al “ayúdeme jefe, que yo ya voy a guardar la moto”. Es el retrato de una sociedad que cree que la ley es negociable y que el papel de la autoridad es un obstáculo para su “afán” diario.

La indignación real aparece cuando el trato a la autoridad se vuelve degradante. En los operativos, especialmente en los barrios populares, la excusa es colectiva: “por acá nadie usa casco, ¿por qué a mí sí?”. El agente deja de ser la ley para convertirse en el “parce”, el “cucho”, el “jefe” o, tristemente, en el “güevón”. Hemos normalizado que ser un ciudadano responsable es de “bobos” y que tratar con altanería a quien ejerce el control es un derecho adquirido por el simple hecho de ir con prisa.

Al final, la paradoja de Medellín es dolorosa: en lo que va del año, más de 40 agentes han sido agredidos básicamente por cumplir con su deber. Mientras me sigo diviertiendo viendo los videos y las excusas de estos personajes, hay seres humanos detrás del uniforme arriesgando su integridad. Este, 28 de diciembre, cuídese de las bromas, pero cuídese más de terminar en un video de redes sociales dando una excusa ridícula. Porque cuando ocurre un accidente, no hay “cachorro” ni “dolor de rodilla” que valga para devolver la vida.

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