Opinión

(OPINÓN) Maldito discurso de la víctima

Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista

El pájaro que esquiva una piedra no se posa en la rama más cercana a cuestionar la infancia del agresor ni a analizar la parábola del proyecto. No busca un “cierre” ni espera una disculpa que valide su susto. Simplemente vuela. En la naturaleza, la supervivencia es una economía de energía: cada segundo invertido en entender la maldad es un segundo que se le resta a la huida. El pájaro comprende, por puro instinto, que la piedra no era una invitación al diálogo, sino un decreto de muerte que, por fortuna o destreza, falló. Su prioridad es la vida; la nuestra, trágicamente, suele ser la explicación.

Los seres humanos poseemos la extraña y autodestructiva manía de convertir el ataque en un seminario de psicología. Cuando alguien nos traiciona, nos miente o intenta pisotear nuestra dignidad, nuestra primera reacción no es siempre alejarnos, sino preguntar “¿por qué?”. Nos quedamos estáticos en la radio de alcance de la próxima pedrada, revisando el perfil de redes sociales de quien nos hirió, analizando sus traumas o esperando que una conversación mágica nos devuelva la paz. Queremos que el lobo nos explique por qué tiene colmillos, mientras el lobo solo está pensando en cómo morder mejor la próxima vez.

Pensemos en la dinámica cotidiana: esa amiga que lanza comentarios pasivo-agresivos sobre tus logros, el jefe que mina tu confianza sistemáticamente o la pareja que utiliza el silencio como castigo. Son piedras. Algunas son toscas y evidentes, otras son guijarros pulidos que lastiman lento. En lugar de cambiar de altitud, nos sentamos a “gestionar” el conflicto con personas que ya demostraron que nuestra integridad no es su prioridad. Nos volvemos filósofos del daño ajeno cuando lo que necesitamos es ser atletas de nuestra propia fuga.

Esta parálisis por análisis es, en realidad, una hemorragia de tiempo. Mientras diseccionamos la falta de respeto, estamos permitiendo que el agresor recoja la siguiente piedra. La vida, el destino o Dios —según sea tu fe— a menudo no eliminan al enemigo de tu camino, solo desvían el impacto. Si la piedra pasó de largo y sigues en pie, no es una señal para que montes un tribunal en tu mente y busques justicia poética; es una señal clara de que el entorno se ha vuelto hostil y debes moverte. La supervivencia no prueba la inocencia del otro, prueba que el peligro sigue activo.

Es curioso cómo nos aferramos a la idea de que “entender” nos dará libertad. Creemos que, si comprendemos los motivos de la traición de un socio o los celos de la pareja, el dolor pesará menos. Pero la gravedad no negocia y las intenciones no cambian los resultados. Si alguien intentó destruirte y falló, no te ha dado una lección de vida; te ha dado una advertencia de ubicación. El pájaro no se vuelve más sabio discutiendo con el cazador; se vuelve más rápido, vuela más alto y se vuelve, sencillamente, inalcanzable.

Debemos dejar de pedirle peras al olmo y explicaciones al verdugo. La pregunta que debería quitarnos el sueño no es “¿por qué me lanzaron la piedra?”, sino “¿por qué sigo parado donde las piedras siguen volando?”. La verdadera madurez emocional no reside en tener todas las respuestas, sino en valorar la respiración por encima de las discusiones estériles. Si tu intuición te dice que el aire está cargado de proyectiles —ya sean críticas, manipulaciones o deslealtades—, tu única responsabilidad es cambiar de código postal emocional.

Al final del día, el pájaro sobrevive porque no confunde un ataque con una oportunidad de aprendizaje. Entiende que hay personas cuyo objetivo ya está fijado: su amargura o sus vacíos apuntan hacia ti. No pierdas el aliento que te queda pidiendo coherencia a quien solo ofrece caos. Elige el vuelo. Elige la dirección sobre la discusión y la vida sobre la claridad. Al igual que el ave que se pierde en el horizonte, tu mayor victoria no es ganar el debate, sino salir, por fin, del campo de batalla.

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