(Opinión) Cuando ir al gimnasio se convirtió en un acto de paciencia
Por : César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista
Ir al gimnasio, ese espacio sagrado que en teoría debería servir para desconectarnos del mundo, liberar endorfinas y cuidar nuestra salud física y mental, se ha convertido en una auténtica prueba de paciencia y resistencia psicológica. Lo que antes era un circuito dinámico, respetuoso y enfocado en el esfuerzo, hoy mutó en una pasarela de vanidad donde la última prioridad es entrenar. Es indignante ver cómo el sentido común fue expulsado a patas por el ego digital, transformando una zona de esfuerzo colectivo en un estudio fotográfico improvisado donde unos pocos se creen dueños absolutos del espacio.
Uno llega con el tiempo contado y se acerca a la máquina de extensiones de pierna, que es básicamente una silla con rodillos, buscando hacer su serie rápido. Pero ahí está el clásico ‘dueño’ del aparato: sentado plácidamente sobre el cojín, con los pies cruzados, el celular sostenido con las dos manos a la altura de los ojos mientras responde un chat larguísimo, el termo de agua elegante colocado justo encima del selector de peso, y la toalla ocupando el espaldar. Lo peor es que la máquina no la está usando para entrenar; la está usando como si fuera el sofá de la sala de su casa para ver reels de Instagram. Uno se para al lado, respirando profundo con cara de desespero, y el tipo o la chica ni se inmutan; siguen allí sentados charlando o mirando historias, obligando a los demás a mendigar un espacio por el que todos pagamos la misma mensualidad.
El colmo de la descargada desconexión con la realidad ocurre cuando uno se atreve a romper la tensión con la pregunta incómoda: “¿Te falta mucho?” o “¿Cuántas series te quedan?”. La respuesta suele ser una mirada displicente, una señal de “espérate un segundo” con el dedo índice, o el clásico “me faltan tres”, que en su dimensión temporal equivale a diez minutos de lectura de chismes y envío de audios kilométricos. Se han apoderado de las mancuernas y de las poleas como si hubieran pagado una membresía VIP exclusiva, olvidando por completo que esos implementos son de los usuarios y que el gimnasio es un espacio compartido que exige mínimos acuerdos de convivencia y respeto mutuo.
Pero si de indignación hablamos, el fenómeno de las grabaciones masivas rompe todos los récords de la sensatez. No exagero cuando digo que hay pasillos completos bloqueados porque alguien decidió que ese metro cuadrado es su set de filmación profesional. Mujeres y hombres, aunque con dinámicas estéticas muy marcadas, ubican sus celulares en cada pared o máquinas invadiendo las zonas de paso, y si uno tiene la osadía de pasar por delante de su lente mientras intentan capturar la pose perfecta del tren inferior, hasta mala cara ponen y se ofenden, como si el intruso fuera uno que pagó para entrenar y no ellos que fueron a hacer un monólogo digital.
Indigna ver cómo lo que debería durar una hora y media como máximo, a menos de que se hable de un deportista de élite o un fisicoculturista profesional, se estira hasta convertirse en un tedioso “pasanoche” o “pasadía” de tres horas. No están sudando por salud; están sudando por el ángulo de la luz. Se sientan en las bancas de descanso únicamente a retocar la foto, a revisar filtros y a planear el próximo video, mientras una fila silenciosa de personas asiste atónita a este secuestro de los equipos. Es un descaro absoluto con quienes vamos mentalizados a cumplir nuestro objetivo en un lapso estricto de cuarenta y cinco minutos a una hora, porque nuestras agendas no nos permiten desperdiciar la vida mirando cómo otro posa para la posteridad.
Lo más preocupante de esta dinámica es que ya rayó la paciencia colectiva y se convirtió en una dictadura de la aprobación virtual. Hay una obsesión enfermiza por retratar cada segundo, por documentar una sentadilla con tal de generar interacciones, ignorando olímpicamente que alrededor hay seres humanos que también pagan su mensualidad y merecen un espacio digno. No me opongo a que alguien se tome una foto de vez en cuando; el problema es cuando el narcisismo cotidiano pisotea los derechos de los demás y convierte el templo del fitness en un circo de vanidades donde el ejercicio pasó a ser un simple pretexto para figurar.
Es hora de que las administraciones de los gimnasios pongan reglas claras y de que nosotros, como comunidad cansada de este atropello, empecemos a exigir el respeto que merecemos por nuestros espacios y nuestro tiempo. Ir a entrenar no puede seguir siendo un ejercicio de humillación donde tengamos que pedir permiso y suplicar por una máquina mientras otros hacen su reality show particular; el gimnasio es para sudar el cuerpo, no para alimentar el ego de los demás a costa de nuestra paciencia.
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