Opinión: Colombia acelera la automatización (y casi nadie lo está discutiendo) Cuando el trabajo deje de ser el centro
Por: Carlos Aguilar - Gerente desarrollo de producto Causa & Efecto
Nos educaron con una idea casi bíblica: el trabajo dignifica. Y, al mismo tiempo, con otra igual de antigua: el trabajo duele. En la casa, en el colegio, en la calle, el mensaje se repetía con distintas máscaras: “hay que ganarse la vida”. Como si la vida fuera un salario. Como si existir sin producir fuera sospechoso.
Por eso no sorprende que, para muchos, trabajar sea una mezcla rara de orgullo y castigo; y estudiar, una penitencia necesaria para llegar a “algo”. Lo curioso es que ese relato —tan instalado, tan automático— está empezando a perder sustento. No porque de repente nos hayamos vuelto sabios, sino porque la tecnología está empujando una transformación que nadie votó, pero que todos vamos a vivir: el trabajo, tal como lo conocemos, está dejando de ser el eje que ordena la identidad.
Y ahí encaja lo que cantaba La Sonora Matancera:
“A mí me llaman el negrito del batey porque el trabajo para mí es un enemigo. El trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo lo hizo Dios como castigo.
Ahora cambiemos buey por IA.
Byung-Chul Han describió la “sociedad del cansancio”: sujetos exhaustos por rendir, producir y competir sin pausa.[1] Durante años el problema parecía ser ese: estamos cansados. Hoy, sin embargo, asoma otro escenario todavía más incómodo: no solo estamos cansados. Estamos entrando en una etapa en la que el trabajo ya no alcanza para organizarnos como sociedad ni para contarnos quiénes somos.
Mientras la discusión global se centra en qué trabajos va a reemplazar la IA y en el nivel de automatización que pueden traer robots como los de Boston Dynamics, Tesla o Agility Robotics, en Colombia estamos acelerando este proceso con un factor adicional: el aumento del salario mínimo en un 23%.
Los avances en IA y robótica llegan primero a lo repetible, estandarizable y medible: oficios de baja especialización. Y ojo con una precisión que importa: cuando hablamos de “baja especialización” no estamos hablando de plomería, carpintería o electricidad —que requieren habilidad real, criterio y experiencia—, sino de labores donde el margen de decisión humana es pequeño y el proceso se puede convertir en una secuencia.
Si el costo laboral sube, muchos proyectos de automatización se vuelven más fáciles de justificar con retorno puro. Es matemática: si el retorno es inversamente proporcional al costo laboral, un aumento del 23% en salarios puede acortar el tiempo de recuperación del proyecto de manera notable (por ejemplo, un payback de 24 meses puede bajar a 19–20 meses, en términos aproximados). Además, hay beneficios colaterales que a un gerente le brillan los ojos: menos errores, menos reprocesos, más consistencia. Un robot puede trabajar el 24 de diciembre a las 12 de la noche sin sentir la necesidad de estar con los suyos.
En otras palabras: incluso si a uno le parece justo subir salarios (y puede serlo), ese mismo movimiento —en ciertas industrias— acelera la conversación sobre reemplazo.
Hay quienes dicen que el capitalismo podría colapsar por su propia productividad: si producir vale cada vez menos y la plusvalía tiende a cero, el empleo se achica y el sistema se tensiona.
En esa transición, algunos hablan de “tecno-feudalismo”: no el feudo medieval con castillo y cosecha, sino el feudo digital en el que un señor —dueño de una plataforma— pone las reglas y los demás “participan” a cambio de su tiempo, su atención y su dependencia. Hoy se ve en versiones suaves: trabajas para una app, decides tus horarios, te sientes libre… pero el tablero, los precios, los incentivos y el acceso los controla alguien más.
La autonomía existe, sí, pero es una autonomía dentro de un corral.
Y mañana, si la automatización avanza como promete —carros autónomos, entregas con drones, bodegas robotizadas— esa economía de plataforma también se achica. El problema no es solo qué trabajos desaparecen.
Ahora viene otro debate que solemos evitar: ¿qué hacemos con el tiempo liberado?
Imaginemos un escenario probable (no ciencia ficción): desaparecen muchos empleos repetitivos; al mismo tiempo, se sostiene la crisis de matrículas universitarias o, en general, una caída en la inversión educativa; y el resultado es una base grande de personas con menos educación formal, viviendo en un esquema de ingreso garantizado o salario universal, como han sugerido figuras como Elon Musk o Sam Altman desde el mundo tecnológico.[4][5]
No lo plantean como caridad. Lo plantean como un rediseño del contrato social: si la productividad se dispara y el empleo no alcanza, algo tiene que cambiar en la forma de distribuir. Esa idea —con matices— también aparece en autores como Rutger Bregman, que defiende el ingreso básico como herramienta de dignidad y libertad y semanas laborales de 15 horas,[2] y en Andrew Yang, que proponía mil dólares mensuales para cada adulto estadounidense como Renta Básica Universal (UBI).[3]
Y cuando eso pasa, la pregunta deja de ser únicamente económica. Se vuelve cultural, moral, casi íntima: si ya no nos define lo que hacemos para ganarnos la vida, ¿qué nos define entonces? “¿A qué te dedicas?” es una pregunta común cuando se conoce a alguien.
El trabajo sirve. Claro que sirve. Ordena el día, da ingresos, estructura rutinas, obliga a convivir con otros, enseña disciplina. El problema aparece cuando lo convertimos en sinónimo de propósito.
Ahí hay una trampa: confundir el instrumento con el sentido. Es bonito cuando uno puede decir “mi trabajo está alineado con mi propósito”. Es peligrosísimo cuando el propósito se reduce al trabajo. Porque entonces pasa lo que vemos todo el tiempo: gente que trabaja cuarenta años, se jubila y se desmorona. No por falta de dinero, sino por falta de dirección. Se levanta un lunes y descubre que la vida era una agenda ajena.
Algo parecido pasa cuando el propósito se confunde con la crianza: los hijos crecen, se van, y el silencio deja al descubierto lo que nadie quería mirar. No era que criar estuviera mal —al contrario—, sino que habíamos apostado toda la identidad a un solo rol. Y cuando ese rol termina, no queda un “yo” completo: queda un hueco.
Ahora bien: si en vez de esperar la jubilación generamos un vacío —de tiempo—, ese vacío siempre se llena con algo. Cultura, comunidad, aprendizaje… o ruido, adicción y resentimiento. En este punto entra un tema que suele parecer aparte, pero no lo es: el discurso de odio.
Una sociedad con más tiempo libre, más precariedad simbólica y menos pertenencia es un terreno fértil para la rabia organizada. El resentimiento es una industria. Siempre lo ha sido. Solo que ahora tiene algoritmos.
Cuando la gente pierde el trabajo, no solo pierde ingresos; pierde una narrativa diaria. Y si no hay una cultura fuerte (familia, barrio, arte, conversación pública de calidad, educación accesible), ese espacio se llena con identidades rápidas: tribus digitales, enemigos imaginarios, teorías que explican el dolor culpando a otro.
No es casual que tanta política contemporánea se parezca más a entretenimiento que a deliberación. Es una forma de ocupar el vacío.
Aquí sirve una intuición asociada a Slavoj Žižek: criticamos lo que vemos en redes, nos burlamos de los virales, despreciamos a los “creadores de contenido”… pero olvidamos lo esencial: eso existe porque lo sostenemos. Lo miramos, lo compartimos, lo premiamos con atención. La cultura no baja del cielo; se financia con nuestros clics.
Y Pierre Bourdieu lo explicaría desde otro ángulo: nuestros gustos y aspiraciones no son neutros; se forman dentro de un campo cultural que heredamos y reproducimos.[6] Lo que hoy consideramos “valioso” o “basura”, “interesante” o “aburrido”, no es solo una preferencia individual: también es una práctica social que se vuelve hábito. Y los hábitos, con el tiempo, son instituciones.
Por eso esta transición importa tanto: lo que hagamos con el tiempo liberado va a diseñar la sociedad siguiente. El presente no es solo presente: es el pasado del futuro.
Entonces… ¿qué nos queda?
Puede que el trabajo se reduzca. Puede que el ingreso llegue sin empleo (al menos para una parte grande de la población). Puede que la jornada laboral siga bajando y que el “éxito” deje de ser una oficina.
La pregunta no es si eso es bueno o malo en abstracto. La pregunta real es: ¿con qué lo vamos a reemplazar como centro de gravedad?
Porque si, con más tiempo de sobra, preferimos deslizar sin fin en Instagram antes que leer y cultivar el intelecto; si elegimos el ruido sobre la reflexión y la distracción constante sobre el pensamiento crítico, no debería sorprendernos terminar con una sociedad frágil, ansiosa y manipulable.
¿Qué estás haciendo con tu tiempo que valga la pena ser sostenido?
Porque si el trabajo deja de ser el centro, el vacío no es un problema: es un espacio. Y los espacios, cuando se asumen con responsabilidad, también pueden convertirse en una forma más adulta de libertad.
Si aprovechamos este momento histórico —justo cuando el trabajo deja de ser el único idioma de la dignidad— para fortalecer lectura, arte, conversación, ciencia, comunidad y cuidado, el panorama cambia.
Si el trabajo deja de ser el centro, no es el fin de la vida buena. Es una invitación exigente —incluso incómoda— a dejar de medirnos solo por productividad o por pagar la hipoteca, y empezar a medirnos por cultura: por la calidad de nuestras relaciones, por lo que aprendemos, por lo que creamos, por cómo convivimos.
La transición que viene no se juega solo en políticas públicas o balances de productividad. Se juega en decisiones pequeñas y cotidianas: si aprendemos algo nuevo o solo consumimos; si participamos en comunidad o nos aislamos; si usamos la tecnología para ampliar la vida o para anestesiarla.
El futuro no se está formando mañana. Se está formando ahora, con decisiones pequeñas y repetidas: qué consumimos, qué celebramos, qué enseñamos, qué conversación toleramos, qué odio compartimos, qué belleza defendemos.
Y aquí va mi apuesta: el sentido no viene incluido con el salario. Toca construirlo; nadie lo puede tercerizar. Ni el Estado, ni la empresa, ni la tecnología.
Puede que el trabajo desaparezca en partes. Lo que no puede desaparecer es la responsabilidad de construir sentido
Colombia acelera la automatización (y casi nadie lo está discutiendo) Cuando el trabajo deje de ser el centro
Nos educaron con una idea casi bíblica: el trabajo dignifica. Y, al mismo tiempo, con otra igual de antigua: el trabajo duele. En la casa, en el colegio, en la calle, el mensaje se repetía con distintas máscaras: “hay que ganarse la vida”. Como si la vida fuera un salario. Como si existir sin producir fuera sospechoso.
Por eso no sorprende que, para muchos, trabajar sea una mezcla rara de orgullo y castigo; y estudiar, una penitencia necesaria para llegar a “algo”. Lo curioso es que ese relato —tan instalado, tan automático— está empezando a perder sustento. No porque de repente nos hayamos vuelto sabios, sino porque la tecnología está empujando una transformación que nadie votó, pero que todos vamos a vivir: el trabajo, tal como lo conocemos, está dejando de ser el eje que ordena la identidad.
Y ahí encaja lo que cantaba La Sonora Matancera:
“A mí me llaman el negrito del batey porque el trabajo para mí es un enemigo. El trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo lo hizo Dios como castigo.
Ahora cambiemos buey por IA.
Byung-Chul Han describió la “sociedad del cansancio”: sujetos exhaustos por rendir, producir y competir sin pausa.[1] Durante años el problema parecía ser ese: estamos cansados. Hoy, sin embargo, asoma otro escenario todavía más incómodo: no solo estamos cansados. Estamos entrando en una etapa en la que el trabajo ya no alcanza para organizarnos como sociedad ni para contarnos quiénes somos.
Mientras la discusión global se centra en qué trabajos va a reemplazar la IA y en el nivel de automatización que pueden traer robots como los de Boston Dynamics, Tesla o Agility Robotics, en Colombia estamos acelerando este proceso con un factor adicional: el aumento del salario mínimo en un 23%.
Los avances en IA y robótica llegan primero a lo repetible, estandarizable y medible: oficios de baja especialización. Y ojo con una precisión que importa: cuando hablamos de “baja especialización” no estamos hablando de plomería, carpintería o electricidad —que requieren habilidad real, criterio y experiencia—, sino de labores donde el margen de decisión humana es pequeño y el proceso se puede convertir en una secuencia.
Si el costo laboral sube, muchos proyectos de automatización se vuelven más fáciles de justificar con retorno puro. Es matemática: si el retorno es inversamente proporcional al costo laboral, un aumento del 23% en salarios puede acortar el tiempo de recuperación del proyecto de manera notable (por ejemplo, un payback de 24 meses puede bajar a 19–20 meses, en términos aproximados). Además, hay beneficios colaterales que a un gerente le brillan los ojos: menos errores, menos reprocesos, más consistencia. Un robot puede trabajar el 24 de diciembre a las 12 de la noche sin sentir la necesidad de estar con los suyos.
En otras palabras: incluso si a uno le parece justo subir salarios (y puede serlo), ese mismo movimiento —en ciertas industrias— acelera la conversación sobre reemplazo.
Hay quienes dicen que el capitalismo podría colapsar por su propia productividad: si producir vale cada vez menos y la plusvalía tiende a cero, el empleo se achica y el sistema se tensiona.
En esa transición, algunos hablan de “tecno-feudalismo”: no el feudo medieval con castillo y cosecha, sino el feudo digital en el que un señor —dueño de una plataforma— pone las reglas y los demás “participan” a cambio de su tiempo, su atención y su dependencia. Hoy se ve en versiones suaves: trabajas para una app, decides tus horarios, te sientes libre… pero el tablero, los precios, los incentivos y el acceso los controla alguien más.
La autonomía existe, sí, pero es una autonomía dentro de un corral.
Y mañana, si la automatización avanza como promete —carros autónomos, entregas con drones, bodegas robotizadas— esa economía de plataforma también se achica. El problema no es solo qué trabajos desaparecen.
Ahora viene otro debate que solemos evitar: ¿qué hacemos con el tiempo liberado?
Imaginemos un escenario probable (no ciencia ficción): desaparecen muchos empleos repetitivos; al mismo tiempo, se sostiene la crisis de matrículas universitarias o, en general, una caída en la inversión educativa; y el resultado es una base grande de personas con menos educación formal, viviendo en un esquema de ingreso garantizado o salario universal, como han sugerido figuras como Elon Musk o Sam Altman desde el mundo tecnológico.[4][5]
No lo plantean como caridad. Lo plantean como un rediseño del contrato social: si la productividad se dispara y el empleo no alcanza, algo tiene que cambiar en la forma de distribuir. Esa idea —con matices— también aparece en autores como Rutger Bregman, que defiende el ingreso básico como herramienta de dignidad y libertad y semanas laborales de 15 horas,[2] y en Andrew Yang, que proponía mil dólares mensuales para cada adulto estadounidense como Renta Básica Universal (UBI).[3]
Y cuando eso pasa, la pregunta deja de ser únicamente económica. Se vuelve cultural, moral, casi íntima: si ya no nos define lo que hacemos para ganarnos la vida, ¿qué nos define entonces? “¿A qué te dedicas?” es una pregunta común cuando se conoce a alguien.
El trabajo sirve. Claro que sirve. Ordena el día, da ingresos, estructura rutinas, obliga a convivir con otros, enseña disciplina. El problema aparece cuando lo convertimos en sinónimo de propósito.
Ahí hay una trampa: confundir el instrumento con el sentido. Es bonito cuando uno puede decir “mi trabajo está alineado con mi propósito”. Es peligrosísimo cuando el propósito se reduce al trabajo. Porque entonces pasa lo que vemos todo el tiempo: gente que trabaja cuarenta años, se jubila y se desmorona. No por falta de dinero, sino por falta de dirección. Se levanta un lunes y descubre que la vida era una agenda ajena.
Algo parecido pasa cuando el propósito se confunde con la crianza: los hijos crecen, se van, y el silencio deja al descubierto lo que nadie quería mirar. No era que criar estuviera mal —al contrario—, sino que habíamos apostado toda la identidad a un solo rol. Y cuando ese rol termina, no queda un “yo” completo: queda un hueco.
Ahora bien: si en vez de esperar la jubilación generamos un vacío —de tiempo—, ese vacío siempre se llena con algo. Cultura, comunidad, aprendizaje… o ruido, adicción y resentimiento. En este punto entra un tema que suele parecer aparte, pero no lo es: el discurso de odio.
Una sociedad con más tiempo libre, más precariedad simbólica y menos pertenencia es un terreno fértil para la rabia organizada. El resentimiento es una industria. Siempre lo ha sido. Solo que ahora tiene algoritmos.
Cuando la gente pierde el trabajo, no solo pierde ingresos; pierde una narrativa diaria. Y si no hay una cultura fuerte (familia, barrio, arte, conversación pública de calidad, educación accesible), ese espacio se llena con identidades rápidas: tribus digitales, enemigos imaginarios, teorías que explican el dolor culpando a otro.
No es casual que tanta política contemporánea se parezca más a entretenimiento que a deliberación. Es una forma de ocupar el vacío.
Aquí sirve una intuición asociada a Slavoj Žižek: criticamos lo que vemos en redes, nos burlamos de los virales, despreciamos a los “creadores de contenido”… pero olvidamos lo esencial: eso existe porque lo sostenemos. Lo miramos, lo compartimos, lo premiamos con atención. La cultura no baja del cielo; se financia con nuestros clics.
Y Pierre Bourdieu lo explicaría desde otro ángulo: nuestros gustos y aspiraciones no son neutros; se forman dentro de un campo cultural que heredamos y reproducimos.[6] Lo que hoy consideramos “valioso” o “basura”, “interesante” o “aburrido”, no es solo una preferencia individual: también es una práctica social que se vuelve hábito. Y los hábitos, con el tiempo, son instituciones.
Por eso esta transición importa tanto: lo que hagamos con el tiempo liberado va a diseñar la sociedad siguiente. El presente no es solo presente: es el pasado del futuro.
Entonces… ¿qué nos queda?
Puede que el trabajo se reduzca. Puede que el ingreso llegue sin empleo (al menos para una parte grande de la población). Puede que la jornada laboral siga bajando y que el “éxito” deje de ser una oficina.
La pregunta no es si eso es bueno o malo en abstracto. La pregunta real es: ¿con qué lo vamos a reemplazar como centro de gravedad?
Porque si, con más tiempo de sobra, preferimos deslizar sin fin en Instagram antes que leer y cultivar el intelecto; si elegimos el ruido sobre la reflexión y la distracción constante sobre el pensamiento crítico, no debería sorprendernos terminar con una sociedad frágil, ansiosa y manipulable.
¿Qué estás haciendo con tu tiempo que valga la pena ser sostenido?
Porque si el trabajo deja de ser el centro, el vacío no es un problema: es un espacio. Y los espacios, cuando se asumen con responsabilidad, también pueden convertirse en una forma más adulta de libertad.
Si aprovechamos este momento histórico —justo cuando el trabajo deja de ser el único idioma de la dignidad— para fortalecer lectura, arte, conversación, ciencia, comunidad y cuidado, el panorama cambia.
Si el trabajo deja de ser el centro, no es el fin de la vida buena. Es una invitación exigente —incluso incómoda— a dejar de medirnos solo por productividad o por pagar la hipoteca, y empezar a medirnos por cultura: por la calidad de nuestras relaciones, por lo que aprendemos, por lo que creamos, por cómo convivimos.
La transición que viene no se juega solo en políticas públicas o balances de productividad. Se juega en decisiones pequeñas y cotidianas: si aprendemos algo nuevo o solo consumimos; si participamos en comunidad o nos aislamos; si usamos la tecnología para ampliar la vida o para anestesiarla.
El futuro no se está formando mañana. Se está formando ahora, con decisiones pequeñas y repetidas: qué consumimos, qué celebramos, qué enseñamos, qué conversación toleramos, qué odio compartimos, qué belleza defendemos.
Y aquí va mi apuesta: el sentido no viene incluido con el salario. Toca construirlo; nadie lo puede tercerizar. Ni el Estado, ni la empresa, ni la tecnología.
Puede que el trabajo desaparezca en partes. Lo que no puede desaparecer es la responsabilidad de construir sentido.


