Opinión

(OPINIÓN) ¿Amor real o validación digital?

Por: César Augusto Bedoya Muñoz / Columnista

Ver fotos de parejas radiantes en las redes sociales se ha vuelto el pan de cada día. Sin embargo, detrás de esa sonrisa pixelada y el filtro de moda, a veces se esconde una realidad más compleja. Como señala un estudio de la Universidad de Northwestern, Cánada, esa urgencia por exhibir el afecto puede ser, paradójicamente, un síntoma de inseguridad o infelicidad. Queremos que el mundo vea lo “felices” que somos para convencerlos —y convencernos a nosotros mismos— de que nuestra relación es sólida. En este juego de espejos, la visibilidad se confunde con la aprobación, y el contenido se vuelve un arma: “publico esto para que veas que me perteneces” o, en el extremo opuesto, el uso del silencio con frases como “aquí en mi soledad” para manipular la atención del otro.

La gran pregunta es: ¿qué y cuánto mostrar? Para algunos, postear cada cena es un registro de felicidad; para otros, es una exposición excesiva que asfixia la intimidad. Ya lo decían las abuelas: “ni tanto que queme al santo, ni poco que no lo alumbre”. El punto medio es un equilibrio precario que depende exclusivamente de los acuerdos y necesidades de cada pareja. Sin embargo, el riesgo real aparece cuando las redes se convierten en el canal de comunicación principal. Si la relación solo existe cuando hay señal de Wi-Fi, estamos construyendo un edificio sobre arena movediza, olvidando que los afectos se cocinan a fuego lento, mientras que la tecnología corre a una velocidad que la madurez emocional a veces no alcanza a seguir.

Las redes sociales han introducido a un “tercero” en la relación. Este invitado de piedra puede disparar miedos y ansiedades si no hay un terreno sólido de confianza. Hoy, una pelea puede estallar por un “like” a la persona incorrecta, un emoji con ojos de corazón o el simple hecho de que la pareja no haya cambiado su “estatus” sentimental. Son las “pequeñas infidelidades” de la era digital: depositar energía emocional en otros perfiles cuando deberíamos estar presentes con quien tenemos al lado. Si el celular se convierte en un escudo de escapismo para evitar conversaciones incómodas, el problema no es la aplicación, sino la falta de valentía para enfrentar la realidad.

Además del desgaste emocional, no podemos ignorar la vulnerabilidad tangible. Al exponer nuestra vida privada, abrimos la puerta al ciberacoso, al robo de identidad y a la opinión de desconocidos que, con un comentario, pueden erosionar la convivencia. La presión por cumplir con expectativas irreales y compararnos con la “perfección” ajena nos roba la autenticidad. La intimidad es un tesoro que se desvanece cuando se vuelve un espectáculo público; lo que antes era un momento sagrado entre dos, ahora es una vitrina expuesta al escrutinio de cientos, generando conflictos que muchas veces requieren la intervención de profesionales para ser gestionados.

Es fundamental entender que, si un “me gusta” o una historia de Instagram afecta tu tranquilidad, hay un ruido de fondo que necesita atención. Las redes sociales no son malas por naturaleza, pero sí son amplificadores de nuestras carencias previas. Si hay desconfianza, el stalkeo se vuelve una conducta controladora; si hay soledad acompañada, el refugio será el scroll infinito. Si quitas la red social y la discusión persiste, es porque el conflicto está en la base de la relación, no en la pantalla.

Al final del día, las redes sociales son una herramienta de comunicación, no el termómetro definitivo de la calidad humana. No todas las personas tienen el mismo tipo de apego ni la misma necesidad de exhibición. Respetar que el otro prefiera la interacción cara a cara sobre el “posteo” diario es un ejercicio de madurez. La clave está en construir pactos genuinos donde las necesidades de ambos sean escuchadas, entendiendo que el amor real no necesita filtros ni una cantidad específica de visualizaciones para ser legítimo.

En conclusión, este universo digital no es para cualquiera. Para navegar en las redes sociales sin naufragar en la vida real, se requiere, ante todo, tener la personalidad necesaria para distinguir la fantasía de la realidad distorsionada. Las plataformas digitales son un terreno hostil para personas inseguras o que desconfían de sí mismas; solo quienes tienen una identidad sólida y una autoestima bien cimentada pueden sobrevivir a la presión de la vitrina sin dejar que su paz mental —y su relación— se rompa por un simple clic.

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